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Pasándole la herramienta CARIM sobre lo que "el titular no vio"

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 8 ago
  • 3 min de lectura

El blog La Brújula Verde publica que «científicos descubren que el aumento de la información visual fue lo que permitió el desarrollo de los cerebros de simios y humanos». El estudio existe, está en Science y lo firma Richard Kay, profesor emérito de Duke. Merece la pena leerlo. Pero merece más la pena comparar el titular con el título del trabajo original: «La evidencia fósil favorece un papel para la visión en la evolución modular de la neocorteza de los primates».


Recreación realizada con IA sobre familia de primates en el Paleoceno.
Recreación realizada con IA sobre familia de primates en el Paleoceno.

De «favorece un papel» a «fue lo que lo permitió» hay un salto que ningún dato del estudio sostiene. Y es un salto que puede rastrearse eslabón a eslabón: el artículo de Science dice «favorece»; la nota de prensa de Duke dice «impulsado en gran medida por»; la prensa tecnológica dice «no fue el lóbulo frontal»; y el titular en español dice «descubren que fue lo que permitió». Cuatro pasos, cuatro grados más de certeza, ni un dato nuevo por el camino. Nadie mintió. Simplemente, en cada eslabón el incentivo empujaba en la misma dirección: la universidad necesita visibilidad, el medio necesita clics, y el lector agradece que le derriben un ídolo.


Conviene saber qué se midió, porque es admirable y es indirecto. El tejido nervioso no fosiliza. El equipo escaneó cráneos —muchos del Duke Lemur Center— con microtomografía y reconstruyó endomoldes virtuales, es decir, moldes digitales del interior de la caja craneal. Y para estimar cuánta información visual entraba en aquellos cerebros usó el tamaño del agujero óptico, el orificio óseo por donde pasa el nervio. Es un indicador de un indicador. Legítimo, ingenioso, consolidado. Pero no es una medición del flujo visual, y el titular lo presenta como si lo fuera.


También conviene saber qué queda abierto. Kay lo dice con todas las letras: no sabemos qué presión seleccionó una visión más aguda. Aventura dos hipótesis —la complejidad de la comunicación social o la eficiencia en la búsqueda de alimento— y no elige. El titular cierra justo lo que el investigador deja abierto.


Y sin embargo hay aquí un hallazgo espléndido, que no es el que titula. El resultado más sólido del estudio es negativo: el lóbulo frontal no se disparó de forma autónoma en ningún linaje. Creció de manera gradual y proporcional, «desde los humanos hasta las tupayas, todos caen en la misma línea». Es decir: la región que llevamos dos siglos identificando con la razón se limitó a seguir el ritmo general.


Eso sí merecía titular, porque tiene doscientos años de historia detrás. La frenología de Gall repartió las facultades morales por el cráneo y consagró la ecuación frente amplia igual a inteligencia. La antropología racial del XIX midió cráneos para jerarquizar poblaciones. Arthur Keith fijó un «Rubicón cerebral» de unos 750 centímetros cúbicos como frontera de lo humano. El fraude de Piltdown se sostuvo cuarenta años porque encajaba con lo que se esperaba: cráneo grande primero, mandíbula simiesca después. Y cuando Raymond Dart presentó en 1925 al niño de Taung —cerebro pequeño, bipedismo—, la comunidad tardó una generación en aceptarlo, porque contradecía el guion.


El guion decía que primero pensamos y luego bajamos de los árboles. Los fósiles llevan un siglo diciendo lo contrario y nos ha costado un siglo escucharlos.


Por eso me interesa la frase con que un medio resumió el hallazgo: el responsable «resultó ser mucho menos glamuroso: la vista». Ahí está, intacto, el viejo desprecio platónico por los sentidos. La razón noble arriba, la percepción servil abajo. Y lo que el estudio sugiere es exactamente lo contrario: que la mirada no es un accesorio del pensamiento, sino parte de su infraestructura. Que la fóvea, el tabique óseo que protege el ojo y un nervio óptico más grueso vienen antes, y que sobre esa arquitectura se construyó todo lo demás.

No haré el salto fácil de concluir que la cultura visual es el origen del pensamiento: eso el estudio no lo dice, y una analogía no es una consecuencia. Pero sí me quedo con la lección de método, que sirve para leer cualquier noticia científica: el resultado más sólido casi nunca es el que da titular, y la palabra más importante del estudio suele ser la que el titular elimina. Aquí esa palabra era «favorece».

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