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Los bisnietos de la dictadura: cuando el pasado deja de dar miedo

19 oct
6 min de lectura

¿Por qué una parte de la juventud española encuentra atractivos los discursos autoritarios? Tal vez la respuesta no esté solamente en lo que desconoce del pasado, sino en lo que espera del futuro.


¿Por qué algunos jóvenes españoles se sienten atraídos por la extrema derecha? Una reflexión sobre memoria histórica, educación, precariedad y democracia.
¿Por qué algunos jóvenes españoles se sienten atraídos por la extrema derecha? Una reflexión sobre memoria histórica, educación, precariedad y democracia.

Hubo una generación de españoles que aprendió a callar. Había vivido una guerra, conocido la represión y descubierto que una opinión política podía arruinar una vida. Unos guardaron silencio por miedo. Otros transmitieron sus recuerdos en la intimidad. Otros celebraron la victoria y educaron a sus hijos en los valores del régimen. España no tuvo una sola memoria de la guerra, sino muchas, y no todas pudieron expresarse con la misma libertad.


Sus hijos construyeron la democracia. Sus nietos recuperaron las historias silenciadas: buscaron documentos, localizaron fosas e impulsaron leyes de memoria.


Y ahora llegan los bisnietos. Han nacido en democracia, han estudiado el franquismo en clase y no han conocido otro sistema. Una parte de ellos exhibe símbolos autoritarios, reproduce discursos contra los inmigrantes o cuestiona el feminismo sin demasiados reparos. No son todos, ni todos los votantes de Vox defienden la dictadura. Pero el fenómeno existe.


La explicación habitual es culpar a la educación: no saben lo que fue el franquismo. Me parece una respuesta demasiado cómoda para quienes pertenecemos a generaciones anteriores. Me pregunto si el problema no estará tanto en el pasado que desconocen como en el futuro que no encuentran.


Una generación a la que se le prometió un futuro

Durante décadas les hemos dicho que estudiar y esforzarse era el camino hacia una vida mejor. Muchos han cumplido su parte y descubren que su preparación no garantiza un trabajo acorde, que un salario no basta para independizarse y que formar un proyecto propio puede ser económicamente inalcanzable.


No es una impresión. Según el Consejo de la Juventud de España (mayo de 2026), solo el 14,5 % de los jóvenes ha logrado emanciparse, y el alquiler medio de una vivienda equivale al 98,7 % del salario juvenil medio. Se puede trabajar y, aun así, no poder vivir de forma independiente.


Los partidos buscan a los jóvenes cuando necesitan su voto. Lo que dudo es que escuchen lo que necesitan. Una cosa es dirigirse a ellos como electores y otra reconocerlos como ciudadanos que tienen que construir su vida. Quizá no reclamen más derechos sobre el papel, sino que los que ya tienen se traduzcan en posibilidades reales.


Cuando el desencanto encuentra culpables

Quien cree haber cumplido lo que se esperaba de él y no ve llegar las oportunidades empieza a desconfiar. Primero de los gobernantes, luego de los partidos. Al final puede confundir el fracaso de unas políticas con el fracaso de la democracia.


Que un gobierno no resuelva la vivienda no significa que la democracia sea incapaz de resolverla. Distinguir una cosa de otra exige algo más que información. Exige criterio.


El CIS advertía en mayo de 2025 de que, aunque la mayoría de los jóvenes prefiere la democracia, el 17,3 % de quienes tienen entre 18 y 24 años y el 17,4 % de los de 25 a 34 consideran que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible. No es un deseo de dictadura. Es una disposición a relativizar la democracia.


En ese espacio prosperan ciertos discursos. No necesitan defender abiertamente una dictadura. Les basta con convencer al frustrado de que los partidos le han engañado y de que el sistema está agotado. Después señalan culpables: los inmigrantes, las políticas de igualdad, las minorías sexuales, el adversario convertido en enemigo de la nación.


La fórmula funciona porque convierte problemas complejos en conflictos sencillos. Ya no hace falta entender el mercado de la vivienda: basta con señalar a alguien. La frustración encuentra destinatario y el resentimiento se convierte en identidad política.


Una rebeldía que mira hacia atrás

Durante buena parte del siglo XX, la rebeldía juvenil se asoció a la conquista de libertades. Hoy algunos jóvenes se presentan como rebeldes precisamente por defender posiciones que sus bisabuelos habrían reconocido como autoritarias.


No creo que la mayoría quiera volver al franquismo. Lo que les atrae es un discurso que se presenta como ruptura, promete recuperar el control y ofrece pertenencia a quien siente que ha perdido su lugar. Los símbolos y las consignas, amplificados por las redes, expresan esa pertenencia sin necesidad de ideología elaborada. Pero provocación no es inocencia: un símbolo autoritario tiene una historia, aunque quien lo use la ignore.


Tampoco todo es ignorancia. Un estudio de Anja Neundorf y Sergi Pardos-Prado (The Journal of Politics, 2026) muestra que la simpatía hacia el franquismo es uno de los rasgos que distinguen al electorado de la derecha radical del de la derecha convencional. La cuestión no es solo cuánto saben los jóvenes de la dictadura, sino qué significado le dan y por qué algunos encuentran en ella algo deseable.


Conocer la historia no basta

Los movimientos autoritarios nunca se sostuvieron solo con la fuerza. Necesitaron relatos que explicaran la crisis y prometieran un futuro, como los que construyeron en su día intelectuales falangistas como Rafael Sánchez Mazas. No se trata de comparar la España de los años treinta con la actual. Se trata de entender por qué esas formas de explicar las crisis siguen siendo atractivas cuando falla la confianza en las instituciones.


Y aquí vuelvo a la educación, sin culpar al profesorado, que trabaja dentro de un sistema con límites. Un estudiante puede conocer las etapas del franquismo y aprobar el examen sin haber pensado nunca qué significa vivir donde discrepar lleva a la cárcel o al exilio. Puede no reconocer cómo un discurso convierte a unos ciudadanos en enemigos. Y puede no saber que la democracia, con todos sus defectos, permite corregir sus errores, y una dictadura no.


La memoria tampoco se hereda. Ser descendiente de una persona represaliada no convierte a nadie en demócrata, igual que tener familia franquista no determina las convicciones propias. Cada generación tiene que construir su propia relación con el pasado. Hemos dado por hecho que quien nace en democracia la valorará de forma natural. Pero para quienes conocieron la dictadura, la falta de libertad era una experiencia vivida. Para sus bisnietos es un tema de examen que compite con problemas mucho más urgentes.


El riesgo no es solo que olviden lo que ocurrió, sino que lleguen a considerar irrelevantes las razones por las que ocurrió.


No basta con recordar si no ofrecemos futuro

Muchos jóvenes defienden los derechos humanos, participan en movimientos sociales o expresan su desencanto sin renunciar al pluralismo. Pero otra parte encuentra atractivas las promesas de orden y soluciones rápidas. Recordarles las atrocidades del fascismo o llamarlos ignorantes no bastará.


Escuchar su frustración no significa justificar el rechazo a los inmigrantes, a las mujeres o a las personas homosexuales. Nada de eso es aceptable. Pero condenarlo no nos exime de entender cómo se construye.


La democracia no puede prometer que se cumplan todas las expectativas. Sí debe explicar sus decisiones, reconocer sus errores y ofrecer cauces para corregirlos. Cuando no lo hace, otros ocupan el espacio con una salida aparentemente sencilla: abandonar las reglas y entregar el poder a quien prometa imponer soluciones. El problema es que, sin controles democráticos, desaparece también la posibilidad de pedir cuentas a quien hizo la promesa.


La libertad política no garantiza una vida digna, pero sin ella es mucho más difícil reclamarla.

Nuestros abuelos lucharon por conquistar derechos. Sus bisnietos reclaman poder ejercerlos. Mientras no respondamos a esa demanda, habrá quien les prometa un futuro mejor a cambio de renunciar a lo que sus abuelos conquistaron.


La pregunta es si sabremos explicarles lo que está en juego antes de que descubran por sí mismos el precio de perderlo.


Referencias y lecturas recomendadas

Aguilar Fernández, P. y León Cáceres, G. (2022). «Los orígenes de la memoria histórica en España: los costes del emprendimiento memorialista en la Transición». Historia y Política, 47, 317-353. Consultar investigación.

Consejo de la Juventud de España (2026). Observatorio de Emancipación. Datos publicados en mayo de 2026. Consultar informe.

Centro de Investigaciones Sociológicas (2025). Encuesta sobre la calidad de la democracia en España. Consultar resultados.

Fuentes Codera, M. (2025). Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces. Taurus. Véase también la reseña publicada en Conversación sobre la Historia.

Neundorf, A. y Pardos-Prado, S. (2026). «Historical Memory and Radical Right Voting: Vox and the Legacy of Francoism». The Journal of Politics, 88(1), 419-425. Consultar investigación.



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