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Odiseo y el arco: por qué tu experiencia no está caducada

hace 5 días
8 min de lectura

Mientras te repiten cada mañana que te has quedado obsoleto, Homero lleva casi tres mil años contando otra cosa.



Nada más comenzar el día abres el móvil antes de tomar el primer café. Lo primero que te encuentras son tres publicaciones en las redes sociales avisándote de que si no dominas la IA te quedarás en breve fuera del mercado. La cuarta anuncia un curso «imprescindible» para ponerte al día, con plazas limitadas. La quinta es de un antiguo compañero que acaba de «reinventarse».


Cierras la pantalla con una sensación que ya conoces. Llevas veinte años haciendo bien tu trabajo y tienes la impresión de que eso ha dejado de contar. Ya no se valora lo que sabes hacer, sino si manejas lo último que ha salido en tecnología. Y lo más inquietante no es el miedo a perder el empleo. Es otro, más silencioso: la sospecha de que tu criterio, eso que te costó años construir, ya no vale nada.


Ese miedo no es nuevo. Tiene, por lo menos, tres mil años. Y quien mejor lo contó en la Historia no fue un experto en tecnología, sino un poeta griego.


Una armadura que hemos forjado entre todos

Hace unas semanas, el economista Yanis Varoufakis publicó una lectura de la Odisea como alegoría de la IA. Su idea central, que ya desarrolló en su libro Tecnofeudalismo, es que unas pocas empresas tecnológicas se han convertido en una especie de nuevos señores feudales. Los datos, el lenguaje y el conocimiento que hemos producido entre todos durante décadas son ahora la materia prima de sus algoritmos, y son ellas quienes deciden cómo se reparte el beneficio. Varoufakis lo resume con una imagen homérica: hemos forjado la armadura colectivamente, pero la asignan los dueños del algoritmo.


Es un diagnóstico serio y merece discutirse. Pero mira el asunto desde arriba, desde el reparto del poder. Y quien abre el móvil un lunes por la mañana no se pregunta quién se queda con la armadura. Se pregunta algo más íntimo: si me la quitan, ¿qué queda de mí?

Para responder a esa pregunta hay que seguir leyendo la Odisea. Porque Homero no se detiene en el reparto. Sigue al hombre que lo pierde todo.


La herida de Áyax

Primero, un poco de contexto para quien no tenga fresca la historia.


Durante la guerra de Troya, el gran héroe griego era Aquiles. Cuando muere, queda una herencia codiciada: su armadura, forjada por un dios. Dos guerreros la reclaman. Uno es Áyax, el más fuerte de los griegos después del propio Aquiles: años en primera línea, un valor que nadie discute. El otro es Odiseo, a quien los romanos llamaron Ulises: menos fuerza, pero una inteligencia y una palabra temibles.


Se celebra un juicio y gana Odiseo. Gana porque sabe argumentar mejor su valor.


Homero no narra el juicio en detalle, pero sí sus consecuencias. En el canto XI de la Odisea, Odiseo baja al mundo de los muertos y se encuentra con la sombra de Áyax. Le habla con respeto, casi con arrepentimiento: ojalá no hubiera ganado aquella disputa. Áyax no le responde. Se da la vuelta y se aleja en silencio hacia la oscuridad.


Pocas escenas de la literatura retratan mejor ese resentimiento callado: el de quien siente que su mérito acumulado ha perdido frente a alguien que supo contar mejor su utilidad. Es la sensación de quien ve que el puesto se lo lleva quien tiene el perfil más vistoso, no quien mejor resolvía los problemas. Es la herida que hoy recorre muchas redes profesionales.


Si la historia acabara aquí, la moraleja sería amarga: la experiencia pierde y gana el relato. Pero la historia no acaba aquí.


El hombre desnudo en la playa

Después de Troya, Odiseo tarda diez años en volver a casa, y por el camino lo pierde todo. Pierde las naves, una tras otra. Pierde a sus compañeros. Pierde el botín de la guerra. En el canto VI, tras un último naufragio, llega a la isla de los feacios completamente desnudo. Tiene que arrancar una rama para cubrirse antes de pedir ayuda a una joven, Nausícaa, que juega en la playa con sus criadas.


Detengámonos en esa imagen. El hombre que ganó la armadura de Aquiles aparece sin armadura, sin barco, sin ejército y sin nombre conocido. No tiene nada que demuestre quién es.


Y, sin embargo, sigue siendo Odiseo. Sabe acercarse sin asustar, elegir las palabras que despiertan confianza y leer en pocos segundos quién tiene delante y qué necesita oír. Los griegos tenían una palabra para eso: metis. Suele traducirse como «astucia», pero es algo más amplio: la inteligencia práctica, la que no está en los libros sino en la experiencia: la inteligencia emocional. Es saber qué hacer cuando las reglas no bastan.


Es lo único que el naufragio no puede quitarle. Y es exactamente lo que hoy nos dicen que ha caducado.


El disco y la burla del joven

Unos cantos más adelante, en el VIII, hay una escena que parece escrita para nuestro tiempo.


Los feacios celebran unos juegos deportivos e invitan al extranjero a participar. Odiseo, cansado, declina. Entonces un joven atleta, Euríalo, se burla de él: no tiene pinta de deportista, más bien de mercader que solo piensa en el beneficio.


Odiseo se levanta sin quitarse siquiera el manto, toma un disco más pesado que los que usaban los jóvenes y lo lanza más lejos que todas las marcas.


No es una victoria de la fuerza bruta. Es la respuesta de quien sabe lo que vale, aunque los demás no lo vean a primera vista. Vale la pena recordarla cada vez que alguien confunde juventud con competencia, o novedad con valor.


El arco que nadie podía tensar

Y llegamos a la escena que da sentido a todo, en el canto XXI.


Odiseo ha vuelto por fin a Ítaca, su isla, pero disfrazado de mendigo viejo. Su palacio está ocupado por un grupo de nobles jóvenes, los pretendientes, que aspiran a casarse con su esposa, Penélope, y quedarse con el reino. Penélope les propone una prueba: se casará con quien consiga tensar el viejo arco de Odiseo y atravesar con una flecha los ojos de doce hachas puestas en fila.


Los pretendientes son jóvenes, fuertes y están seguros de sí mismos. Tienen el arco en la mano. Lo intentan uno tras otro y ninguno consigue siquiera tensarlo.


Entonces el mendigo pide probar. Los pretendientes se ríen. Odiseo toma el arco, lo examina con calma, lo tensa sin esfuerzo, como quien coloca una cuerda en una lira, y dispara. La flecha atraviesa las doce hachas.


El arco era el mismo para todos. La herramienta estaba al alcance de cualquiera. Lo que los pretendientes no tenían era la mano.


Esta es mi tesis

La IA es el arco.


Está en todas las manos: cualquiera puede abrir una aplicación y pedirle un texto, un informe o un análisis. Precisamente por eso, saber usarla no distingue a nadie, o lo hará cada vez menos. Lo que no se reparte con la herramienta es el criterio para tensarla: saber qué preguntar, darse cuenta de cuándo una respuesta suena bien y es falsa, y distinguir lo importante del ruido y lo que conviene decir de lo que conviene callar.


Eso no se aprende en un tutorial de fin de semana. Se aprende con años de errores, de decisiones difíciles, de haber visto cómo salen mal las cosas que parecían buenas. Tiene un nombre que hoy suena anticuado y no lo es: experiencia.


El relato de que la experiencia ha caducado es, como el discurso de Odiseo ante los jueces, un relato interesado. Le conviene a quien necesita que te sientas obsoleto para venderte la solución. No digo que no haya que aprender: hay que aprender siempre. Digo que el miedo es un mal consejero para elegir qué aprender, y que quien te lo provoca rara vez es neutral.


Lo compruebo en mi propio trabajo. Uso IA a diario, y lo que me hace útil no es saber manejarla. Es saber cuándo me está engañando. Eso no me lo enseñó ningún curso: lo aprendí en dieciséis años de diplomacia cultural y en otros tantos, un oficio donde una palabra mal elegida tiene consecuencias reales y donde nadie te perdona haber confiado en una fuente sin comprobarla.


Un miedo con mucha historia

Si te consuela, no eres la primera persona en sentir que una tecnología nueva amenaza su manera de pensar.


Hace unos veinticuatro siglos, Platón puso en boca de Sócrates, en el diálogo Fedro, un mito egipcio. El dios Theuth presenta al rey Thamus un invento prodigioso, la escritura, y le promete que hará a los egipcios más sabios y con mejor memoria. El rey responde que ocurrirá lo contrario: quienes aprendan a escribir confiarán en las letras y dejarán de ejercitar la memoria, y tendrán apariencia de sabios sin serlo.


La escritura no destruyó el pensamiento. Pero Thamus tampoco se equivocaba del todo: señalaba un riesgo real, el de confundir tener acceso a la información con saber. Ese riesgo vuelve con cada cambio técnico, y hoy vuelve con más fuerza que nunca. La diferencia entre la apariencia de saber y el saber es exactamente lo que la experiencia permite detectar. Por eso no está caducada: es más necesaria que antes.


Qué hacer el lunes por la mañana

Hasta aquí, el diagnóstico. Pero la pregunta práctica sigue en pie: ¿qué hago con este miedo?


  • Haz inventario antes de comprar. Antes de apuntarte al siguiente curso, dedica una tarde a recordar las decisiones difíciles que tomaste bien en los últimos años y pregúntate por qué acertaste. Qué viste que otros no vieron. Ahí está tu metis, y conviene saber dónde vive antes de salir a buscarla fuera.


  • Prueba la herramienta en tu terreno, no en el ajeno. Si quieres aprender IA, no empieces por lo que no conoces. Úsala sobre los asuntos que dominas: allí verás antes sus errores, sus inventos y sus simplificaciones. Y allí descubrirás que tu criterio vale más que cualquier atajo. Odiseo examinó el arco con calma antes de tensarlo.


  • Cuenta tu experiencia como criterio, no como antigüedad. «Veinte años de experiencia» no dice nada; «sé ver este tipo de problema antes de que estalle» lo dice todo. Odiseo ganó la armadura con la palabra. Áyax nunca quiso aprender esa lección, y no hace falta repetir su error. No se trata de venderse mejor, sino de nombrar con precisión lo que ya sabes hacer.


  • Desconfía de la urgencia. En el canto XII, Odiseo tiene que pasar junto a las sirenas, cuyo canto arrastra a la muerte a los marineros. Tapa con cera los oídos de su tripulación, pero él no se los tapa: quiere escucharlas. Eso sí, pide que lo aten al mástil y que nadie lo desate por mucho que suplique. Escuchar el ruido sin dejarse arrastrar no es rechazar la tecnología. Es conservar el rumbo.


  • Y no lo hagas solo. En esto Varoufakis tiene razón: frente a un algoritmo, el individuo aislado tiene poca fuerza. Odiseo no se ató al mástil él solo; lo ataron sus compañeros. Habla con tus colegas, comparte lo que aprendes y lo que te inquieta. El criterio se afina en conversación, no en soledad.


La mano

La armadura puede cambiar de dueño. Las herramientas cambiarán de nombre cada pocos años y habrá siempre alguien dispuesto a decirte que te has quedado atrás.


Pero el arco, por bueno que sea, no se tensa solo. Hace falta una mano que sepa cuándo, cómo y hacia dónde. Esa mano no se compra ni se descarga. Se forma con el tiempo, y es tuya.


¿Qué decisión tomaste este último año que ninguna herramienta habría tomado por ti?


Fuentes

  • Homero, Odisea, cantos VI, VIII, XI, XII y XXI. Traducción recomendada: José Manuel Pabón, Biblioteca Clásica Gredos.

  • Platón, Fedro, mito de Theuth y Thamus (274c–275b). Biblioteca Clásica Gredos, Diálogos III.

  • Yanis Varoufakis, «La Odisea como alegoría de la IA», en UnHerd (agosto de 2026), con traducción al castellano en Sin Permiso.

  • Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo.


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