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El Proyecto Ravensbrück

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 11 ago
  • 3 Min. de lectura

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Corría el año de 1911 cuando, en la ribera del Rin, en la ciudad de Colonia, nació una criatura de cabellos dorados. Humana, sí, pero tan bella y serena que parecía una anomalía luminosa entre las sombras que dibujaban su época. Fue bautizada como Herta Oberheuser, aunque pronto la llamaron simplemente “Her”, como si aquella apócope la acercara más a la animalidad que a la razón. Era lo natural, decían algunos: el Homo no ha dejado aún de ser un simio que ha aprendido a disimularse tras uniformes, libros y discursos.


En su planeta, los chimpancés luchaban para dominar. Los bonobos, más sabios o más sensuales, resolvían sus disputas entre jadeos. Entre esos dos impulsos, Her fue creciendo como un homínido sofisticado. Aprendió temprano que su especie se movía por un sistema binario: placer y dolor, castigo y recompensa. Eso, y una tendencia frenética a organizar el caos con normas que pronto olvidaban.


Estudió medicina, aferrándose al juramento hipocrático con la convicción de quien desea salvar no sólo cuerpos, sino conciencias. Eligió la Dermatología, esa ciencia fronteriza que examina lo que ocurre en el límite entre el yo y el otro, entre la piel y el mundo. Aprendió a interpretar las heridas —las accidentales y las voluntarias—, los sarpullidos emocionales, las marcas que la historia deja sobre la epidermis.


Pero su tiempo se oscurecía. Un bípedo menudo, lleno de complejos, ascendía al poder por medio de la adoración colectiva. Her, fascinada por aquella retórica inflamatoria, absorbía cada palabra como si fueran mantras que le insuflaban sentido.


—Luchar por el campesino alemán es luchar por el alma de Alemania —proclamaba el 10 de febrero de 1933 ante una multitud encendida en el Palacio de los Deportes de Berlín.


Her escuchaba con devoción. Sentía sus pezones endurecerse con cada afirmación categórica, como si la biología conspirara con la ideología.


—¿Lo escucháis? —decía a su círculo—. ¡Nos hemos dejado engañar por los demás! Este hombre tiene madera, puede construir un mundo nuevo.


Sarah, su compañera judía, la observaba con mezcla de amor y preocupación.


—Her, estás ciega. Si lo seguimos, todo por lo que hemos trabajado se desvanecerá.

—No, querida Sarah —respondía Her con fuego en la mirada—. Este es el amanecer de una nueva era. Nos liberaremos. Volaremos hasta las nubes, contaremos las estrellas y nos haremos con ellas un collar de posibilidades.

—Tú ya me has regalado las estrellas —susurró Sarah—, pero yo te he conseguido la Luna. Ravensbrück será nuestro proyecto, el lugar donde las mujeres y los niños encontrarán alivio a sus males, donde nuestras investigaciones darán fruto.


Her sonrió. Recordaba el Damenklub Violetta[1], aquel rincón escondido de Berlín donde Sarah le declaró su amor entre luces tenues y música desenfadada, que interpretaban las más célebres lesbianas, drag, trans y gais de la época.


La radio rugía con noticias inquietantes. El Führer caía en el Reichtag, derrotado por el voto disidente de Ernst Röhm que tumbó la infame Ley 175. Sarah se acercó a Her, la tomó por los hombros y sus labios chocaron en un beso largo, profundo, un beso de protesta, promesa y comunión. Un beso que arrancó a Her de su realidad y la trasladó al mundo soñado por Sarah en Ravensbrück.


—Te amo, Her. Eres la mujer de mi vida.


Y así, en medio del derrumbe de los ídolos y la reconstrucción de un nuevo ethos, aquellos mamíferos redescubrieron la importancia de la diferencia, la potencia del afecto, la necesidad del otro.


La historia cambió de rumbo. El calendario giró hacia la diversidad.


Her y Sarah hicieron de Ravensbrück un campo de investigación médica para sembrar esperanza. Hallaron la cura de la psoriasis, una dolencia que reflejaba el conflicto entre cuerpo y mundo. Un único fármaco, capaz de estimular la permeabilidad sensorial del Homo, convirtió la afectividad en algo espontáneo. La empatía dejó de ser excepción.


Habían tejido, con ciencia y ternura, lo que el amor ya intuía desde la noche de los tiempos.



[1] El Damenklub Violetta (Club de damas Violetta, fundado después de 1926-1933) fue uno de los clubes nocturnos y salones de baile lésbicos más grandes y populares que existieron en Berlín durante la República de Weimar en Alemania, con 400 miembros regulares. Era propiedad y estaba gestionado por Lotte Hahm.

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