España, la mujer y el género entre el siglo XIX y principios del XX
- Jesús Arcos

- 15 ago
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Actualizado: 16 ago
El tiempo pasa y las realidades convergen. El dolor se ha convertido en seña de identidad de los débiles. Nadie más que ellos saben que vivir no es un regalo de los dioses o de Dios, sino una penitencia que alcanza toda una vida.
Hoy he visitado la exposición del Museo del Prado “Arte y Transformaciones Sociales en España (1885-1910) y he salido apesadumbrado. En primer lugar, porque los artistas lo han presentado como un elemento proveniente de la historia, o, según su propia interpretación, como un reflejo de la realidad. En cualquier caso, las obras reflejan el testimonio de Paul Preston, “Un pueblo Traicionado” (2023).
Entre 1885 y 1910, España vivió una profunda transformación social que se reflejó intensamente en el arte. Este periodo, marcado por el declive de la pintura histórica y el auge de la pintura social, dio lugar a una nueva sensibilidad artística que abordó con crudeza y realismo los problemas cotidianos de la sociedad. La mujer, hasta entonces relegada a roles idealizados o secundarios, emergió como figura central en la representación de los conflictos sociales, especialmente en lo relativo al trabajo, la prostitución y los abusos sexuales. También la pobreza, que se convirtió en un acicate de la realidad que manifestaba el poco cuidado que la política tuvo por alfabetizar a la gente.
La industrialización y el crecimiento urbano trajeron consigo una nueva clase trabajadora, en la que las mujeres desempeñaron un papel cada vez más visible, aunque lamentablemente, en lugares muy periféricos para el progreso. Aunque la agricultura seguía siendo la principal fuente de empleo, muchas mujeres comenzaron a trabajar en fábricas, talleres y como empleadas domésticas. Y en ningún momento se sostuvo la realidad de los hombres y mujeres que nacieron sin una identidad de género definida. Ellos o ellas o elles no fueron ni decisivos ni atendidos por la sociedad. El arte de la época captó esta realidad con una mirada crítica y empática, pero aséptica. Pintores como Joaquín Sorolla, Luis Jiménez Aranda, Antonio Fillol, Isidre Nonell retrataron a mujeres obreras en condiciones precarias, visibilizando su esfuerzo y sufrimiento. Estas obras no solo documentaban la vida laboral femenina, sino que también denunciaban la explotación y la desigualdad de género.
Uno de los temas más impactantes que emergió en este contexto fue el de la prostitución. La marginación social y la pobreza empujaban a muchas mujeres y hombres “amanerados” a ejercerla como única vía de subsistencia. El arte dejó de idealizar la figura de la prostituta para mostrarla como víctima de un sistema injusto. Goya representó al Maricón de la Tía Gila en 1814. Obras como Trata de blancas de Sorolla o los retratos de mujeres marginales de Nonell revelan una mirada compasiva y crítica hacia esta realidad. La prostitución se convirtió en símbolo de la degradación social, pero también en un espacio donde se denunciaban los abusos sexuales y la violencia estructural contra las mujeres.
La exposición del Museo del Prado sobre este periodo, con más de 300 obras, muestra cómo los artistas abandonaron el academicismo para abrazar el naturalismo, una corriente que buscaba representar la realidad con objetividad. Este enfoque permitió abordar temas hasta entonces considerados inapropiados o carentes de belleza, como la enfermedad, la pobreza, los accidentes laborales y, especialmente, la violencia sexual. Aunque el abuso no siempre se representaba de forma explícita, sí se insinuaba en escenas de marginación, desesperación o dependencia económica. La mirada artística se convirtió en una forma de denuncia silenciosa, que apelaba a la conciencia del espectador. El caso de El Sátiro de Antonio Fillol representa la indiferencia de la justicia frente a un caso de abuso de menores, la indignación de los acusados al descubrir en la rueda de reconocimiento al autor, y la indiferencia de todos frente a la acusación del abuelo de la nieta abusada, una menor.
La mujer, por tanto, no solo fue objeto de representación, sino también símbolo de una época convulsa. Su presencia en el arte reflejaba las tensiones entre tradición y modernidad, entre sumisión y emancipación. Las artistas mujeres, aunque escasas en número, comenzaron a abrirse paso en este entorno hostil, contribuyendo con su propia visión a la transformación del lenguaje artístico. El arte se convirtió en un espacio de resistencia, donde se cuestionaban los roles de género y se exigía una mayor justicia social.
En definitiva, el arte español entre 1885 y 1910 no solo documentó los cambios sociales, sino que los interpretó y los denunció. La figura femenina, en sus múltiples facetas —trabajadora, madre, prostituta por obligación, víctima—, fue clave para entender las contradicciones de una sociedad en transición. La pintura, la escultura, la fotografía y el cine emergente se aliaron para construir una narrativa visual que aún hoy interpela al espectador y lo invita a reflexionar sobre las raíces de la desigualdad y la violencia de género.





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