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El colapso como factor inevitable de las sociedades complejas

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 7 sept
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 8 sept


¿Es el colapso un factor inevitable de la naturaleza de las sociedades complejas? 



Museo de Arte Romano (Mérida)
Museo de Arte Romano (Mérida)

Si bien es cierto que la palabra colapso “parece” algo exagerada para hablar del fin de las sociedades complejas, no es menos cierto que algo de su significado puede aprovecharse, pues a la vista de los estudios realizados al respecto, confluyen varios factores que son concomitantes a lo largo de la Historia. 



Los factores medioambientales y políticos parecen haber contribuido a ello y de la misma manera que nos alertan en nuestros días. Pero siendo más realistas, si bien es factible que los factores meteorológicos y naturales pudieron haber contribuido a la extinción de algunas civilizaciones como la minoica, también es cierto que para hablar de “colapso” se necesitan muchas más variables que lo expliquen, por lo complejo del término. 


Sin duda, todas las civilizaciones en la Antigüedad han vivido un despertar, un desarrollo y apogeo, y una caída. En este devenir han podido intervenir múltiples factores que han sido consumados por un acontecimiento extraordinario, que, quizás, conjunto o por separado, se ha podido aliar con otras variables dando al traste con la cultura. Sin embargo, el fenómeno tan sólo denota que el ser humano y su cultura no es ajeno al territorio y al clima, de modo que cualquier circunstancia lejos de la realidad contemplada, se puede presentar como un ejemplo de decadencia, y, por último, de colisión con el medio al punto de la desaparición. 


Así las cosas, cuando hablamos de culturas también estamos hablando de una suma de variables que confluyen en lo que denominamos civilización; cuando la civilización obvia al medio del que parte se aleja de la realidad en su complejidad.

  

Las necesidades humanas en todos los tiempos han sido las que son, es decir, la supervivencia, incluso a costa del medio y de los recursos... Si se necesitaba madera para los barcos se tomaba, porque en ningún momento se pensó en que, tales recursos podían extinguirse. Luego, hablar de conciencia ecológica en la Antigüedad es algo precipitado, en tanto que dicho concepto es muy reciente; la conciencia global sobre los recursos apenas tiene un siglo de historia. 


En efecto, el pensamiento global en torno al planeta es una realidad moderna que ha comenzado recientemente a introducirse en las Academias que se ocupan de los estudios de la Antigüedad, y aunque los resultados están siendo muy productivos, aún queda una larga tarea por delante para ser concluyentes. 


Demarest (2001) y Middelton (2012) abordan el término de forma dialéctica entrando a discutir el significado y sentido del mismo, sin embargo la realidad arqueológica está ahí, y cada día es más explícita en los hechos, dejando de lado las interpretaciones conceptuales.  


En nuestra humilde opinión, el problema no se explica en torno a la dialéctica o la definición de los términos, sino ante una realidad “recurrente” que cada día es más patente a la luz de los descubrimientos arqueológicos. Matthews (2018) nos presenta varios casos en los que los imperios colapsan debido a problemas políticos, en los que la aparición de nuevos actores e intereses geopolíticos, dan al traste con algunos sistemas de gobierno para dar nacimiento a otros; este es el ejemplo de Acad sobre Sumer. 


Por otro lado está Tsonis et al. (2010) quien al respecto de la civilización minoica todo parece indicar que la razón de su caída ha de encontrarse en una simbiosis de elementos en los que asuntos políticos, climáticos y evidencias geológicas la hicieron sucumbir. El estudio relativo al FEN y el ENOS resulta especialmente revelador, pues sobre estos fenómenos de los que el gran público no habíamos oído hablar hasta hace un par de lustros, demuestran ser actores principales que incluso hoy en día tienen consecuencias bastante considerables para las poblaciones de todo el mundo. 


En efecto, y a vuela pluma, traemos a la memoria la denominada “crisis del siglo III en Roma” que supuso la punta de lanza que haría sucumbir al Impero en poco menos de un siglo; las condiciones climáticas, la pérdida de poder desde los principales estamentos, incluso el bandidaje, acabaron por hacer eclosionar el mayor Imperio que había conocido la humanidad hasta el momento. 


Sobre estas carreteras circulaba un tráfico que aumentaba continuamente, no sólo de tropas y funcionarios, sino de comerciantes, mercancías e incluso turistas. Se desarrolló rápidamente un intercambio de artículos entre las distintas provincias, que pronto alcanzó una escala sin precedente histórico y que no se repitió hasta hace pocos siglos. Metales de las minas de las altiplanicies de Europa occidental, pieles, lanas y ganado de los distritos pastoriles de Britania, Hispania y las costas del mar Negro, vino y aceite de Provenza y Aquitania, madera, brea y cera del sur de Rusia y el norte de Anatolia, frutos secos de Siria, mármol de las costas del Egeo, y –lo más importante– grano de los distritos donde se cultivaba trigo en el norte de África, Egipto y el valle del Danubio para las necesidades de las grandes ciudades; todas estas mercancías, bajo la influencia de un sistema altamente organizado de transporte y comercialización, se movían libremente de un extremo a otro del Imperio (Moss, 1935). 


Pero la inflación y el empobrecimiento generalizado de la población que sufrió la encarnizada lucha por el poder de los emperadores, y con ello una importante subida del gasto militar en las fronteras, pronto acusaron tal déficit que, aumentado por el cambio climático que llevó a unas malas cosechas y hambrunas, provocó tal desorden demográfico que dejó al Imperio tocado y listo para su caída definitiva. 


En el caso particular de la civilización minoica que trata la profesora Sigrid es muy distinto, en tanto que se ocupa de una civilización cuya lengua está todavía por conocer, y no tenemos información directa de las personas que la sufrieron. 


En efecto, sus investigaciones parecen indicar que la caída de los palacios pudo haberse debido a un colapso administrativo, pero insiste en que debieron ser muchos más los factores que lo provocaron. (Sigrid, 2010). 


Así las cosas, lo que resulta sorprendente es cómo a partir de entonces se pierde la continuidad en el arte, la escritura, el sistema de gobierno, etc., hasta el punto de que ante un término mejor hasta la fecha, lo hayamos acabado definiendo como “Edad Oscura”.  


A partir de entonces la mitología recogerá lo incomprensible, lo que no dejó huella, lo que se perdió para el olvido… Una nueva civilización nacería desde la Jonia por el Egeo hasta la tierra firme, de cientos de islas, incluida la Península del Peloponeso y el Ática. 


No obstante, según apunta la profesora Sigrid no todo cayó en el olvido. Si bien es cierto que se perdió lo característico de la civilización minoica, ca. 1070 a.C., los hallazgos arqueológicos demuestran que no se produjo de una forma repentina, sino que se trató de un proceso largo en el tiempo donde influirían muchos factores, de los cuales se ha descartado -al menos por el momento- la invasión violenta de otros pueblos. Su trabajo argumenta una pérdida de conocimientos en diferentes áreas que llevan a una nueva etapa más primitiva, algo que me recuerda, también, a la caída del Imperio romano donde a partir de su caída en occidente el principal revulsivo fue el religioso.  


La aceptación del cristianismo en el Imperio poco a poco fue acabando con las últimas estructuras políticas (defenestrando la cultura pagana), manteniéndose, en todo caso, en el ámbito religioso (nos estamos refiriendo a la división territorial, la burocracia y el poder). 


A la espera de nuevos descubrimientos tendremos que convenir con la profesora Sigrid, que la caída de los palacios fue la clave de un cambio social y político que conllevó, en un corto periodo de tiempo, a la caída de la civilización tal cual hoy la entendemos. 


También es verdad, que a esta caída pudo haber contribuido el volcán de Tera, tal como apunta el profesor Bruins et al. (2009), no sin polémica pues los datos arrojan cifras que hacen imposible datar el colapso de la civilización minoica como consecuencia de este fenómeno, únicamente. Datos que tampoco son concluyentes para cuanto avanzamos más arriba. 


Así las cosas, son muchos las reseñas que ofrecen las Ciencias Sociales al respecto de las posibles causas que pueden llevar al colapso a una civilización, pero ninguna de ellas es concluyente, en tanto que son muchos los casos que se han dado en la Historia que demuestran todo lo contrario. (Middleton, 2012). 


Sin embargo, sí parecen ir de la mano para explicar el colapso de una civilización un conjunto de factores que lo hacen muy factible, de los cuales ya hemos manifestado de forma alusiva: cambios bruscos en el clima, que, provocan escasez de recursos, que a su vez, provocan enfermedades, y así, posiblemente también conflictos bélicos; pérdida del comercio de larga distancia, abandono de la cultura prima, caída de los sistemas políticos por la anarquía; huida, pillaje y comportamientos básicos de subsistencia… Y en resumidas palabras: abandono del sistema social-político religioso, que acaba siendo absorbido por otra cultura o sirve de simiente para el nacimiento de una nueva. 


Luego, a la pregunta de si el colapso es un fenómeno inevitable, mi respuesta se teje al abrigo de una civilización en camino de convertir el sector primario en un sector cuasi terciario, en el que el secundario cada día se encargará de suplir la materia prima por materia facturada; y prueba de ello es la ingeniería genética (Muñoz, 1995). Fenómeno, este, que nunca estuvo al alcance de las sociedades de la Antigüedad, y como es natural, no podían contemplarse cambios geopolíticos y culturales que enhebraran con el resultado del que hoy estamos “experimentando…”. 


En este sentido, Delgado (2012) enumera los factores que Diamond (2006) propuso como marco sencillo para entender las posibles causas el colapso de los sistemas socio-ecológicos, que seguramente afectan a las sociedades complejas. Entre ellos hablada del: deterioro medioambiental, cambio climático, vecinos hostiles -afectados por el mismo problema-, comercio debilitado, e incapacidad para responder a las crisis emergentes. Ciertamente, los factores están bien traídos al objeto de investigación, pero como bien se dice en el estudio, fueron esgrimidos con anterioridad por Tainter (1988).  


En síntesis podríamos servirnos de alguna teoría en sintonía con lo que se nos presenta, añadiéndole algunos factores más amplios como la aleatoriedad de la confluencia de los mismos. Sin embargo, en nuestra humilde opinión, aunque pudieran haber sido factores fundamentales para los que provocaran los colapsos en las sociedades complejas de la Antigüedad, hoy, creemos que es descartable por los motivos esgrimidos más arriba. 


Al hablar de civilización estamos hablando también de cultura, y nos negamos a pensar que la evolución de una cultura se vea interrumpida por factores medioambientales de una forma taxativa. El estudio del profesor Delgado demuestra, tomando como objeto de estudio la cultura argárica, que la necesidad inspira el futuro mediante una conversión del sistema político y administrativo, donde lo que realmente se produce es una reconversión de la sociedad y sus sistemas de relación y comunicación. Por tanto, colapso, en sí, no sería la definición más acertada… 


Los ejemplos de la Historia como es el caso de los mayas e incluso el de los sirios, no pueden ser atribuidos a un colapso radical atendiendo el propio significado de la palabra; ni tampoco a los factores medioambientales que en cierto modo estuvieron presentes, sino al cambio del comportamiento humano frente a la subsistencia. 


Por tanto, confluimos con el profesor Delgado cuando dice que el colapso absoluto es muy raro y extremo, pues son tantos los factores que intervienen en este, que se necesitaría de un conocimiento muy profundo de la “cultura” de una sociedad, como para pensar en la eclosión de la misma. 


Así las cosas, es verdad que el cambio climático influye sobre los seres que habitan el territorio, y que si no son capaces de resolver los asuntos puntuales de su subsistencia, sí podrían llegar a convertirse en un problema capital para superar la realidad que afectará a sus economías, formas de gobierno, etc.…  


Pero hemos de atender también la preparación a la que tales sociedades hayan sido capaces de llegar para afrontar tales problemas. Y las consecuencias de estos desastres, efectivamente, tal como apuntábamos, posiblemente varíen en mucho su cultura y desarrollo posterior.  


Pero hablar de colapso significa tanto que escapa a la realidad histórica, y solamente es factible cuando nos acostumbramos a pensar en la cultura de forma uniforme, es decir, y sirva como ejemplo que la desaparición de la civilización minoica no implicó que se esfumara su cultura, aunque las evidencias arqueológicas parezcan indicar este camino. Pues aunque todavía no esté demostrado por falta de pruebas, los altares de esta cultura han aparecido en yacimientos como el de Tel Beerseba en Israel, y si bien es cierto que dejan mucho que desear respecto a los hallazgos de Minos, no es menos cierto que algo sobrevivió al “posible” cataclismo que la hundió para el olvido de la memoria. 


Tampoco creo que los parámetros defendidos por Toynbee (1979), cuando dice que todas las civilizaciones pasan por una secuencia de acontecimientos lógica: génesis, crecimiento, problemas, estado universal y desintegración, sea una explicación al principal objeto de estudio. Si la incapacidad de las sociedades conduce al colapso de las mismas es algo que obvia por completo la complejidad de toda sociedad y su cultura a lo largo de los tiempos.  


Antes defendimos la teoría del agotamiento de recursos y la imposibilidad tecnológica de hacerlos frente, pero eso no se da de forma corriente sino que se nutre de incapacidad política y previsión de futuro.  


De todos es conocida la política Asiria de conquista como solución a sus problemas de abastecimiento, política que fue llevada a cabo por otros reinos o imperios donde se primó la capacidad militar sobre el territorio, en vez de la capacidad productiva; y fueron precisamente los problemas dinásticos los que llevaron al ocaso del Imperio frente a su eterno rival, Babilonia.  


Siempre ha sido más cómodo quedarse con lo ajeno que producir lo propio, además, dio mayor prestigio militar… Pero también, mayores quebraderos de cabeza en torno a la cultura, pues sus deportados acostumbraban a mantener sus tradiciones culturales, aplacadas hasta la llegada de los aqueménidas que decidieron respetar las tradiciones religiosas, base raíz de sus culturas. 


Es inevitable pensar que a pesar de nuestra sofisticada concepción de los hechos en la Antigüedad hubo motivos que, muy lejos de ser comprendidos por el momento, acabarán revelando la auténtica realidad de los fenómenos que dieron al traste con las civilizaciones complejas de la Antigüedad.  


Sin embargo, hay artículos firmados en febrero de este año (Kemp, 2019) que a rebufo de lo ocurrido en el pasado, recogen argumentos en los que taxativamente se dice: “Las grandes civilizaciones no son asesinadas, se suicidan”. (Toynbee, 2019). 


En el artículo se hace referencia a la longevidad de las civilizaciones como dato necesario aunque impreciso de averiguar; de igual modo se habla de una rápida pérdida de identidad, una caída demográfica acompañada de una fatal complejidad socioeconómica, y muy probablemente, guerras y destrucción de todo tipo.  


En ocasiones se produce un renacimiento con un modelo y estilo diferente, y en otros casos desaparecen por completo. Además, la tecnología no es óbice para transcender el problema pues al contrario puede contribuir acelerando el proceso; elementos como el cambio climático y la degradación ambiental, la desigualdad y la oligarquía, el peso de la complejidad y la falta de creatividad para atajarla, y por supuesto, shocks externos y aleatorios que pueden venir acompañados de mala suerte, son el cóctel ideal para que se produzca el colapso. 


En efecto, respondiendo a la pregunta que nos hacía al principio, a pesar de lo extenso del término “colapso” y su definición, los avatares son los que son y los estudios están llevados a cabo, arrojando un resultado que se acerca bastante a la realidad, invitando a una resiliencia de todos los sectores humanos para hacerlo frente. 


Por último, quisiéramos destacar un ejemplo utilizado en el mismo artículo: “La civilización es como una escalera mal construida. A medida que subes, cada peldaño desaparece, luego una caída desde unos pocos peldaños no puede ser tan severa, pero cuanto más alto se sube mayor será la caída. Eventualmente, una vez que se alcanza la suficiente altura, cualquier caída es fatal”. 


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Bibliografía

Bruins et al. (2009). “The Minoan Santorini eruption and Tsunami deposits in Palaikastro (Crete)”. Radiocarbon 51.2: 397-411Moss, H. St. L. B. The Birth of the Middle Ages (Clarendon Press, 1935, reprint Oxford University Press, January 2000) ISBN 0-19-500260-1. 

Diamond J. (2006) Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Barcelona: Editorial Debate. 

Delgado y M. Rosas (2012). "De colapsos y continuidades. Una valoración conceptual del estudio de sociedades en transición". Sostenible 13: 13-29 

Kemp (2019) Are we on the road to civilization collapse? BBC.com Recuperado: 15/06/2019.http://protestantedigital.com/magacin/36481/beerseba_frontera_sur_del_reino  

Middleton (2012). “Nothing last Forever: Environmental Discourses on the Collapse of Past Societies”. JArchaeolRes 20: 257-307. 

Smith, Michael & Demarest, Arthur & B. Gill, Richardson. (2001). “Climatic Change and the Classic Maya Collapse: The Return of Catastrophism”. Latin American Antiquity. 12. 105. 10.2307/971763. 

Tainter J. (1988) The collapse of complex societies. Cambridge: Britain at the University Press. 

Tsonis et al. (2010). “Climate Change and the Demise of Minoan Civilization”. Clim.Past,6: 525-530. 

Toynbbe (1979) Estudio de la Historia. Madrid: Alianza Editorial. 

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