Judaísmo, Cristianísmo e Imperio Romano
- Jesús Arcos

- 15 ago
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La palabra cristianismo en relación con el siglo I podríamos interpretarla como un anacronismo, en tanto que como veremos en adelante, en los orígenes de este “movimiento” el término en sí era lo de menos. Lo más importante consistía en dirimir la “autenticidad” del mensaje de unos seguidores de distinta procedencia étnica y lingüística, y su conjunción con la realidad sociopolítica presente en la Jerusalén de aquellos tiempos con respecto a los acontecimientos sucedidos tras la ejecución de Jesús de Nazaret por sedición.
Así las cosas, para no perdernos en la definición sin atender las bases de las estructuras que dieron lugar a este movimiento religioso, trataremos de sobrevolar los acontecimientos en base a las fuentes del profesor Marcel Simon, André Benoit, y algunas otras fuentes contemporáneas, con el fin de -humildemente-, arrojar un poco más de luz sobre los hechos.
Y en este sentido, por ejemplo, y entrando en materia, el profesor M. Simon nos dice que para Esteban y Pablo de Tarso, el judío-cristiano no podía ser otro que aquél que habiendo nacido en la Ley de Moisés reconoció en Jesús el Mesías que estaban esperando…, con algunas puntualizaciones que trataremos de dirimir en adelante, sobre todo en lo referente a San Pablo, pero también a Esteban, pues no debemos olvidar que este último fue uno de aquellos judíos helenizados que entendían que Jesús de Nazaret estaba más próximo a la divinidad, de lo que otros judíos israelíes pensaban en la época. (Hech 6: 8-14).
Según el profesor M. Simon, para Marción toda la Iglesia Católica era judeocristiana en tanto que conservaba el Antiguo Testamento, y aunque hubo ciertas disonancias en este sentido en los primeros años de existencia y confrontación, sólo fue concebido como judeocristiano todo aquel movimiento que conservó en sus formas las tradiciones judías en el marco de la buena nueva. Aunque con el paso de los años, de las generaciones, y los primeros siglos, las gentes y sus pueblos moldearan culturalmente tales tradiciones a sus necesidades. En este sentido, los cristianismos de los primeros siglos de nuestra era discreparon sobre las formas y estructuras de sus teologías que comenzaron con la separación necesaria entre Sinagoga e Iglesia. Y digo necesaria, porque para el judaísmo ortodoxo el Mesías esperado conlleva una serie de elementos teleológicos que no podían compartirse con los del nuevo movimiento mesiánico inspirado en Jesús de Nazaret. Aunque los primeros predicadores cristológicos interpretaran que para que se produjera la redención del pueblo judío mediante la figura del Mesías, era necesario redimir con un mensaje, y práctica, más suave, a toda la humanidad, los fariseos tradicionalistas nunca lo admitieron, y ni qué decir tiene nada respecto a los pocos saduceos que quedaran o aquellos esenios retirados a las orillas del Mar Muerto.
En este sentido se da una dicotomía entre creencia y práctica que fue determinante en la definición de los seguidores. Para la época era muy diferente la pertenencia a la adhesión. Y es precisamente en este matiz en el que se dirime la valoración de los términos para unos y para otros, llevando parejo una serie de movimientos afines que trataron de conjugar el pensamiento conocido con el nuevo; me estoy refiriendo a todos aquellos movimientos que trataron de conjugar filosofía y misterio con tradición y redención, es decir, gnosis.
Así es como empezaron a surgir los términos que distinguirían entre corrientes y otras. El ebionismo es uno de ellos, pero también el gnosticismo, y otros que no acabarían de distinguirse hasta por menos el siglo IV d.C. con el concilio de Nicea; algunos emergentes en la zona donde surgió el movimiento, o sea, la antigua Palestina, y otros en el seno de la diáspora entre los gentiles. Ahora bien, para comprender la extensión que ocupó el “movimiento” así como las discrepancias que surgieron en el mismo, cabe detenerse si quiera por un instante en las razones, que básicamente han de buscarse en el ambiente apocalíptico que se vivía en el siglo I de nuestra era.
La razón de estas diferencias se encuentra en la propagación de unas creencias que en origen se trasmitieron de boca a oído, y no hubo más documento que la Torá, en hebreo y griego, para tratar de entender qué es lo que estaba pasando en Jerusalén. “Podemos decir, en resumen, que no existió ni un solo fenómeno llamado cristianismo judío, sino varios cristianos judíos”. (Marcel Simon, 1986:240).
Cuando Jesús vino al mundo Israel estaba en manos de un títere de Roma, Herodes “el Grande”. Un hombre que llegó al poder gracias al favor que le brindó Marco Antonio (y en cierto modo también Octaviano), que en el año 40 a.C. y por decreto senatorial consiguió destituir a la dinastía macabea de Hircano II para ponerle a él en el trono. Aunque no fue tarea fácil pues los nacionalistas judíos vieron con muy malos ojos que un idumeo ocupara el trono de David. Pero, por el contrario, a Roma tampoco le gustaba que cualquiera pudiera poner en duda su supremacía como lo había hecho la dinastía macabea en la persona de Hircano.
Así las cosas, y con determinación, además de los resortes políticos debido a su pleitesía a la Roma, Herodes también consiguió gobernar los resortes del poder religioso de su reino, haciendo depender de su voluntad el nombramiento del sumo sacerdote de la nación (Piñero, 2014:43), que en manos del partido fariseo había optado por aceptar la supremacía romana siempre y cuando dejaran en paz el culto y los tributos del Templo. Y de tal manera esto fue así, que ejerció su poder supervisando las tareas religiosas desde la fortaleza Antonina que él mismo mandó construir en honor de su mentor Marco Antonio.
En este contexto la predicación de Jesús y sus acciones próximas a su ejecución en Jerusalén llamaron la atención de muchos judíos, que, por primera vez, quizás, empezaron a plantearse que el Mesías esperado había llegado. Sin embargo, de este contenido no nos ha llegado nada claro, directamente, sino a través de fuentes relativamente contemporáneas de la época. No obstante, sí sabemos que en el siglo I tras la caída del Segundo Templo el mensaje apocalíptico de Jesús que se recoge en Marcos 1, 15 tuvo un eco especial: “El tiempo se ha cumplido y está aquí el reino de Dios; arrepentíos y creed en el Evangelio”.
En efecto, la represión ejercida por Roma aderezada por los “caprichos herodianos” había causado un gran impacto en la sociedad judía, máxime cuando entre esta era profundamente conocido el Libro de Daniel, escrito, al parecer, en la época de Antíoco IV Epífanes (175 – 164 a.C.), a tenor de lo que nos cuenta en su capítulo 11 como preámbulo del levantamiento Macabeo. De este escrito, precisamente, es tomada la forma como se hizo conocer a Jesús de Nazaret: “el Hijo del Hombre”. (Piñero, 2007:85).
Así las cosas, la principal preocupación de los judíos en tiempos de Jesús de Nazaret estaba volcada sobre la fuerte represión ejercida por Roma, provocando que los más piadosos vieran cada vez más cerca el advenimiento mesiánico tras los fallidos intentos pretéritos de insurrección[1]. La observancia escrupulosa de la Ley y el cumplimiento ritual de sus liturgias garantizaba el camino para que de entre ellos emergiera la figura de un líder, lo suficientemente potente como para que encarnara la Ley y levantara la armas contra el opresor, fuera quien fuera[2].
Durante este tiempo, es decir, durante el siglo II y I a.C. la figura del Mesías cobró mucha fuerza a raíz de los tronos macabeos, pero Roma se había hecho fuerte en el Mediterráneo y no iba a permitir que su principal granero, es decir, Egipto e Israel/Palestina se convirtieran en un obstáculo. De ahí que Pompeyo desembarcara en la zona para acabar con las pretensiones ptolemaicas y hebreas. Entró en el Templo de Jerusalén y para cuando naciera Jesús de Nazaret todavía su huella perduraba en el mismo. Sacerdotes y escribas respondían a Roma como fieles vasallos, imponiendo unas formas de política que, aunque respetaran la religión, dejaron mucho que desear entre los más piadosos, pues incluso hasta el Sanedrín y la Corona respondían a sus prerrogativas. Luego, no es de extrañar que aparecieran en el judaísmo numerosas hebras de interpretación, tal como el profesor M. Simon nos dice en su ensayo (M. Simon, :240).
Pero centrándonos en el destino de los judíos cristianos cabe destacar en su praxis la heresiología que pudo haberse dado como consecuencia de la interpretación de las antiguas Escrituras, en un mundo que de por sí ya resultaba lo suficientemente convulso a tenor de lo sufrido desde hacía tres siglos. No obstante, este se convirtió también en un problema para los hebreos, pues aparecieron una serie de autores que viciados por las nuevas corrientes de pensamiento se dejaban permear.
La voz del nuevo Mesías en la persona de Jesús de Nazaret caló en lo más profundo de Israel/Palestina como así sucedió en la diáspora, pues, al fin y al cabo, el Imperio alcanzaba las dos orillas del Mediterráneo. Y el problema real de tales herejías residía en la doctrina, puesto que los nuevos movimientos se acopiaron de las corrientes filosóficas y teológicas que nada tenían que ver con la ortodoxia judía, alcanzando niveles de interpretación que escapaban profundamente de la base nuclear del judaísmo. Todo ello en tanto que la práctica ritual judía iba perdiendo fuerza en favor de una interpretación más asequible a los nuevos seguidores, que por supuesto, eran ajenos al judaísmo de manera natal y doctrinal. Fenómeno que muy posiblemente se incrementó durante los años del reinado de Herodes en los que incluso unas águilas imperiales romanas lucieron en el Templo frente a la tácita prohibición en el judaísmo de representar figuras de seres vivos. (Piñero, 2014: 47).
Pero la verdadera preocupación con respecto a este fenómeno vino con los Apologetas, quienes de una forma u otra trataron de defender sus corrientes teológicas a tenor de incurrir en alguna herejía a juzgar por otras corrientes más puritanas. Este es el caso de los Ebionitas quienes, por ejemplo, aceptaban a Jesús como Mesías, pero no de una forma preexistente, sino adquirida y concedida por Dios momentos antes de la muerte. En su doctrina se ensalzaba la pobreza, no se daba credibilidad a la concepción virginal, y eran unos estrictos observadores de las leyes de la Torá con respecto a las purificaciones, incluidas las del cashrut.
Así las cosas, el profesor M. Simon habla de diferentes cristianismos primitivos, o como él los denomina, judaísmos, de los cuales distingue dos grupos de fuentes de información: una procedente de Ireneo a través de Hipólito, pseudo-Tertuliano, y otra que nos ofrece una información de naturaleza menos sistematizada y más ocasional procedente de Justino Mártir, Origines, Eusebio y Jerónimo. El primer grupo es occidental de nacimiento o residencia, por lo que tenía un conocimiento indirecto del cristianismo judío, y el segundo grupo perteneciente al área de los hechos acontecidos cuyo testimonio se presupone más veraz por estar relacionado con la zona. Luego, si se adoptaron herejías en sus sistemas teológicos fue por tradición, en tanto que los escritos se transmitían de unos a otros los contenidos, asumiendo corrientes de pensamiento ajenas al judaísmo primordial. Por tanto, las diferencias ocurrieron en la doctrina que para unos era completamente semita y otros adoptaron cánones de corrientes de pensamiento diferentes que explicaran el fenómeno. (Marcel Simon, :241). En cualquier caso, entrambos la base diferencial reside en la práctica ritual que para los segundos estuvo siempre más próxima al judaísmo que para los primeros.
No obstante, el incurrir en lo que hoy denominamos herejías por aquel entonces no puede ser considerado como tal, sino que muy probablemente simplemente fueron formas diferentes de interpretar los hechos; algunas más próximas a la humanidad de Jesús de Nazaret, y otras más idealistas que exaltaron su figura histórica hacia una esfera divina, atribuyéndole, por ejemplo, el nacimiento virginal. Algo que por otro lado entra en contradicción en las propios Evangelios, a tenor de que estos fueron escritos con posterioridad. En ellos se recoge la necesaria purificación de Jesús mediante el bautismo a pesar de reconocerse nacido de forma inmaculada a través de María.
Así las cosas, los dos primeros siglos de la Historia del Cristianismo fueron muy convulsos en cuanto a corrientes de pensamiento y seguidores. El mismísimo Pedro llegó a encontrarse con Pablo para establecer lo permitido y lo que no, para la nueva evangelización, admitiendo finalmente que los gentiles no estaban obligados a asumir la Ley de Moisés en su totalidad, en cuanto gentiles, pero, sin embargo, para los judíos era absolutamente necesario. Esta doctrina que acaba aceptándose finalmente esta directamente relacionada con la creencia de que, para que el pueblo judío pueda redimirse en la Parusía necesita llevar consigo la conversión de los gentiles. De ahí que personajes como Orígenes o San Jerónimo, al escribir desde Israel/Palestina extraen con mayor claridad y nitidez las esencias doctrinales de lo pretendido por este fenómeno. Y de ahí, también, que, personajes como Epifanio negara la buena doctrina de Nazarenos, Marcionitas y demás, como auténticos cristianos, pues al igual que los Ebionistas la exigencia de una conversión total al judaísmo y la asunción de sus reglas no era necesaria a tenor de lo explicado más arriba. (M. Simon, :245).
Sin embargo, el reconocimiento de Ley no fue suficiente para los primeros movimientos cristianos. Según Epifanio hubo un claro enfrentamiento entre los judíos cristianos y los judíos. Estos últimos utilizaron el nombre de Nazarenos para los judíos seguidores de Jesús, y puesto que todos se reunían en torno a la Sinagoga, inevitablemente acabó provocando el conflicto entrambos. Los términos posh’im y minim comenzaron a utilizarse ara establecer diferentes. No eran términos nuevos para el caso pues ya aparecían en un judaísmo pretérito a los Hechos de Jesús el Nazareno. Pero si comenzaron a utilizarse para establecer ciertas diferencias en sus comunidades. (M. Simon, :259). Los posh’im eran aquellos que habiendo nacido y crecido en el seno del judaísmo prestaron atención a las nuevas escrituras que iban apareciendo en torno a la teología mesiánica con respecto a Jesús de Nazaret. Los minim, por el contrario, eran aquellos que pertenecían a comunidades judeocristianas solitarias, cuyas prácticas comenzaban a confundirse con las nuevas teologías helénicas que surgieron en torno a los primeros escritos cristianos. (M. Simon & Benoit, :171).
No obstante, dicho rechazo no puede valorarse únicamente por el abandono o no de las normas teológicas, sino atendiendo a las variantes que “intoxicaban” un discurso religioso tejido desde la creación del Segundo Templo, poniendo en peligro la nacionalidad judía y la simiente que la caracterizaba como nación entre naciones, y que estaba llamada a liderar el mundo de la mano de su Dios, “el Dios verdadero”, y que habría de servir a la redención del mundo... Por consiguiente, no se trataba solamente de atender un credo más o menos rígido, sino de atender las razones por las que Jesús de Nazaret había sido ajusticiado en la cruz, o sea, por sedición. Luego los Apologetas que vieron la luz en el siglo II resultaron ser para los judíos ortodoxos una lacra teológica que había que erradicar, o cuando menos, distinguir con preferencia respecto a la tradición farisea que hasta entonces se había ganado el respeto frente a otros movimientos teológicos como los doctos saduceos, los mesiánicos zelotas o los eremitas de Qumram, todos ellos contemporáneos de Jesús de Nazaret.
Quadratus, de quien apenas tenemos unos fragmentos de su pensamiento, imbuido del mensaje que llegó extramuros de Jerusalén, al igual que Arístides y Atenágoras, todos ellos de ascendencia griega, se ocuparon de “envenenar” el pensamiento de Adriano con las virtudes de su discurso (M. Simon & Benoit, :63 y ss.). Un discurso que ya venía extraordinariamente alterado desde Lucas 24, en el que el autor parece encargarse de “resucitar” a Jesús para convertirle en Cristo, y dar una continuidad al mensaje que este pudo haber derramado en vida. Y que mejor forma de dar continuidad a este mensaje que volver su mirada hacia el Tanaj para incardinar al “Hombre con el Hijo de Dios”. (A. Piñero, 2006 :227 y ss.). Sin duda, este giro tuvo que haber costado un extraordinario trabajo que sin la ayuda de una mente preclara hubiera sido imposible.
Dicha mente no pudo haber sido otra que la de San Pablo que tras el proselitismo judío preparó el camino hacia el cristianismo, o lo que es lo mismo, una reacción que unida a la represión política y militar que vivió la zona, aceleró el proceso de creación de un corpus judío que mantuviera viva sus tradiciones más allá del Templo. (M. Simon & Benoit, 1972 :27). El hecho de que los paganos comenzaran a formar parte de la “tradición” dinamitaba la esencia del nacionalismo judío basado en la estirpe y en su Dios, porque para San Pablo, de la misma estirpe se decía descender todo el mundo, es decir, la de Abraham, a quien habían colmado los gentiles de todos los parabienes para convertirse en el epicentro de la redención del mundo. Y la razón hemos de encontrarla en los desafortunados acontecimientos de los años 70 y 135 d.C. que hicieron saltar todas las alarmas del pueblo judeo-ortodoxo. Los mismos judíos de Israel/Palestina de lengua aramea que habitualmente rezaban al lado de los helenos, no sin cierta reticencia, al desaparecer el Templo se convirtió en materia de Estado, al igual que ocurrió con los constructores del Primer Templo, es decir, que se vieron obligados a discriminar entre la mies y la paja.
Ahora bien, los Apologetas tampoco tuvieron un buen fin. El intento de hacer de Jesús, el Cristo, les pasó factura. El mensaje de una teología de orígenes semitas con una fortísima implantación en Israel/Palestina, Siria, Antioquía, etc., no resultó del todo atractivo para las gentes acostumbradas a buscar favores de los dioses a cambio de dádivas materiales. Tal fue así que los mensajes de Tertuliano haciendo continuo hincapié a escrituras y hechos desconocidos, acabaron por apagar la luz de sus ilusiones. El mundo pagano no podía dar credibilidad a los misterios revelados, entre otras cosas, porque no cabía en su forma de pensamiento, basada en la atención recíproca de la divinidad hacia los hombres y viceversa. No se contemplaban las buenas acciones basadas en una tradición extranjera, y mucho menos podían asumir las injurias que se vertían sobre ellos por su incomprensión. En consecuencia, hablaban un idioma distinto. La continua cita de libros y tradiciones ajenas a su cultura acabaron por discriminar el mensaje. El nomen Christianum conllevaba una oposición rotunda al paganismo ante el que se imponía una teología-política extranjera incomprendida, que necesariamente tenía que ser sospechosa, pues en el fondo se ensalzaba la imagen de un hombre que no solamente era Dios, sino Rey, y que, además, vendría en breve a juzgarlos a todos por sus acciones. (M. Simon & Benoit, 1972 :65 y ss.).
Otro de los peores elementos que el “paganismo” y las élites políticas del Imperio que gobernaba la zona era la nueva teología del perdón, por el que cualquiera que hubiera cometido una tropelía de cualquier naturaleza respondía ante una “ley divina” cuyo juez les perdonaba tras el arrepentimiento, por tanto, los Apologetas no pudieron sobrevivir ante tales predicaciones pues representaban un peligro público frente al Senado romano.
En cualquier caso, estos supuestos disidentes fueron los primeros en tratar de encontrar un discurso razonado entre la fe y las primeras diatribas del judaísmo proselitista enfrentados en Alejandría, cuna de la razón y de la filosofía en esta época, o lo que es lo mismo, del pensamiento razonado hasta los extremos de la teología.
Por el contrario, surgieron movimientos dentro del judaísmo ortodoxo que intentaron contrarrestar este fenómeno. El profesor Simon habla de Aquila como traductor de la Biblia, pero también de otros que representaron el ala espiritual del judaísmo como Rabí Akíba[3], quienes hicieron todo lo que estuvo de su mano para dar una interpretación coherente para que sus tradiciones no se vieran contaminadas de pensamientos extranjeros. (Simon, 1986 :280).
Incluso hasta el Amonita Judas decía que: “Hasta los prosélitos están destinados a convertirse en sacerdotes que ejerzan su oficio en el Templo”. Elemento que no nos resulta extraño porque en el siglo III Rabí Joshua ben Levia asistió a algún patriarca en una ceremonia de recepción de prosélitos.
Aunque esta no fue una tarea fácil para los prosélitos judíos, pues encontramos manifestaciones como Rabí Joseph de Pumbeditha explicando el pasaje de Isaías 46: 12 donde nos dice: “Escuchadme, eres obstinado de corazón, tú que estás lejos de ser correcto”.
En este último ejemplo vemos como sendos movimientos, es decir, los prosélitos de Judá y de Cristo, hacen uso de las Escrituras en función de sus propias pretensiones. Lo que representa una lucha intelectual y teológica que pone en evidencia el conflicto doctrinal que surgió en los primeros años del “cristianismo” y que ha de entenderse, también, como los primeros años de la diáspora definitiva; e incluso en la propia diáspora hasta el siglo VII, el proselitismo de los judíos estuvo vivo, aunque con menor intensidad (Simon, 1986: 288 y ss.).
Por consiguiente, parafraseando al profesor Piñero (2007), el Cristianismo de los siglos I y II es una reflexión sobre el judaísmo, que vivió y practicó Jesús de Nazaret en vida, hasta que fue crucificado. A partir de entonces, la necesidad de crear una doctrina frente al fracaso que pudo haber supuesto la muerte de su líder, provocó una reflexión profunda en torno a las enseñanzas de su Maestro, atendiendo las propias Escrituras en las que él creía y ponía en práctica todos los días. La consecuencia conllevó a múltiples interpretaciones desde diferentes sectores, es decir, desde los más próximos a su fe, la judía, hasta los más heterodoxos que vinieron después. Y entre los de su fe habría que distinguir entre los que se formaron junto a él y los que lo hicieron de oídas, pero en la misma lengua aramea. Por otro lado, habría que distinguir también a aquellos que igualmente, en lengua aramea o griega, se formaron desde la diáspora dejándose influir por otros cultos. En consecuencia, tal amalgama de corrientes judaicas y su posterior evolución en los tiempos, son lo que hoy podemos llamar enseñanzas al estilo griego, o sea, diferentes escuelas del cristianismo primitivo hasta que el Concilio de Nicea puso fin a la dispersión y comenzó a perseguir las herejías definitivas según el criterio adoptado en votación por los Padres conciliares.
No obstante, no debemos olvidar que Jesús acudió a la “secta” de Juan “el Bautista” para ser purificado; un movimiento que criticaba la permisibilidad del fariseísmo con Roma y su paganismo. Y en este sentido encontramos un cierto paralelismo con los esenios, quienes también hartos de ese falso matrimonio entre el Sanedrín y el Pretorio les condujo a unas reglas de vida y de práctica religiosa muy alejada a las del Templo. Pero, por otro lado, por los mismos mensajes de lo que nos ha transcendido a través de los Evangelios, puesto en boca de Jesús, sus prácticas también se aproximaron a las de los Zelotas debido a algunas de sus violentas palabras en contra de fariseos y escribas… Los paralelismos en su mensaje si se atienden con precaución por lo que nos ha llegado a través de los Evangelios, nos dibuja un perfil de Jesús que se aproxima al de un hombre sabio, conocedor de la Ley de Moisés; docto y versado, que quiso devolver a los suyos un modo de vida y de fe basado en las Escrituras, es decir, la Torá. Y su enseñanza parece ser que estuvo basada en la intención de adoctrinar a un pueblo que prescindiera de las reglas del Templo y del Sanedrín, para traer a cada uno de los mortales judíos la esperanza en sí mismos y en su Dios, pues entre algunas de sus palabras se escapaba un cierto mensaje apocalíptico que llamaba a la introspección, en vez de a la práctica ritual externa. Y como bien dicen algunos de los historiadores de hoy en día: “hacia una rebelión silenciosa que al final de sus días, muy posiblemente, le hizo llegar a pensar que él era el Mesías enviado por Dios a los hombres para dar cumplimiento a la Ley, es decir, la Torá”.
Así las cosas, una vez que desapareció el personaje sus seguidores hicieron lo que pudieron, hasta que el destino quiso que Pablo de Tarso, un judío de Cilicia, y muy posiblemente, judío-helénico, cambiara su perspectiva mesiánica y viera en Jesús de Nazaret la solución para la redención del pueblo judío, acompañado por todo el pueblo de Israel, o lo que es lo mismo, el resto de las naciones.
Fueron sus discípulos, y los discípulos de sus discípulos, los que acabaron por crear el Corpus Evangélico que diera a luz un nuevo pacto entre Dios y los hombres, convirtiendo a Jesús de Nazaret, no sólo en hijo de Dios, sino en el Hijo del Hombre. Luego, de este modo, el pecado de Adán quedaba redimido mediante el sacrificio del carnero, con cuya sangre se lavaron todos los pecados del mundo, así como en otro tiempo la sangre de Isaac estuvo a punto de cometer la misma redención si no hubiera sido por la fe de Abraham.
Pero cuestiones teológicas aparte, en lo estrictamente histórico Jesús representó para el Imperio romano un minúsculo disturbio social que acabó ajusticiado, y sus seguidores no fueron más que un movimiento insignificante de los muchos movimientos religiosos que se dieron en la región de Judea, y al que había que reprimir de forma indirecta a través de las autoridades israelíes. Ahora bien, las hebras que salieron después como consecuencia de los hechos acaecidos comportaron los diferentes eslabones sobre los que se configuró la política y la sociedad del Oriente y Occidente mediterráneo, que con el tiempo dieron lugar a un nuevo orden mundial que pervive por dos mil años, y que representó el axis mundi hasta época muy reciente.
De ahí que, todo estudio que se haga al respecto será insuficiente en base a lo sesgado de las fuentes a nuestro alcance, y de las múltiples interpretaciones que se dieron, y de muchas que desparecieron a partir del emperador Constantino y los posteriores Concilios. Aunque, fuera como fuese, aquél que vino a traer la salvación al mundo se convirtiera en salvado y salvador, soteriológicamente imprescindible para entender la Teología de un nuevo amanecer que seguramente jamás se planteó, pero que sin embargo se convirtió en el epicentro de una realidad teleológica que hasta hoy en día se la sigue rindiendo culto. Como bien diría R. Bultman: “El anunciador del reino de Dios se convirtió en el anunciado”, o dicho de otra manera por Raúl Dorra: “El Maestro anunció el Reino de Dios y los discípulos anunciaron el Reino de Cristo”. (R. Dorrá, 1994 :81).
Bibliografía
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J. Becker, Ch., Paul the Apostle: The Triumph of God in Life and Thought, Fortress, Philadelphia, 1980
R. Dorrá, Profeta sin Honra, Siglo XXI Editores, México, 1994
M. García Morente, Historia Universal. Hélade y Roma, El origen del Cristianismo. Tomo II, Espasa Calpe, Madrid, 1955
A. Piñero, Guía para entender a Pablo de Tarso, Editorial Trotta, Madrid, 2015
A. Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Editorial Trotta, Madrid, 2006
A. Piñero, Los Cristianismo Derrotados, Editorial Edaf, Madrid, 2007
A. Piñero, Año I, Israel y su Mundo Cuando Nació Jesús¸ Laberinto, Madrid, 2014
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L. A. Schökel, Biblia del Peregrino. Nuevo Testamento. Edición de Estudio, Tomo III, Ed. Verbo Divino, Madrid, 1998
M. Simon - A. Benoit, El Judaísmo y lo Cristianismo Antiguo, ed. Labor, Barcelona, 1972, pp. 11-30 y 44-60
J. Orlandis, Historia de la Iglesia. I. La Iglesia Antigua y Medieval. Ed. Palabra, Madrid, 2012
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Padres Apologistas griegos: Versión española, introducción y notas de Daniel Ruiz Bueno, B. A. C., Madrid, 1954
[1] Desde la caída de Samaria como capital de Israel en el siglo VII a.C. el creciente reino de Judá tampoco corrió mejor suerte con el exilio babilónico. Y aun a pesar de la reconstrucción del Templo que conllevaría a la compilación de las Escrituras del pueblo judío, Profetas y Hagiógrafos no dejaron de criticar la suerte del pueblo hebreo, pues sus monarcas, de un modo u otro, no dejaron de ser vasallos de los imperios adyacentes, perdiendo su identidad como nación territorial, viéndose obligados a la creación de una “nación personal” en cada uno de sus descendientes y adheridos sin otro rey que el mismísimo Dios, y sin otros héroes que sus hombres más piadosos. Luego, el deseo largamente acariciado de volver a poseer una tierra, un trono y un templo siempre estuvo anclado en sus corazones hasta reconstruir la figura de un mesías que devolviera al pueblo hebreo el brillo de otro tiempo y cumpliera con la promesa de su Dios, es decir, ser ejemplo para todas las naciones: pensamiento nuclear de su fe.
[2] Fueron los Macabeos los que de forma más personal encarnaron esta figura oponiéndose a todas las pretensiones extranjeras de dominación persa, helena o romana. De ahí que los descendientes de Judas Macabeo se convirtieran en una esperanza que incluso alentada por las escrituras apocalípticas, sirvieron de referente, aunque con el tiempo los propios hebreos se dieran cuenta de que tales expectativas no habían sido más que un espejismo pues uno tras otro todos los intentos de insurrección habían sido abatidos.
[3] Rabí ben Yosef o Akiva (o Akíba), (c. 50 – c. 135 d.C.) fue uno de los sabios rabínicos cuyas opiniones se recordaron en la Mishná que vivió entre finales del siglo I y principios del II d.C., momento en el cual se elaboró el cuerpo exegético de leyes judías compiladas que recoge y consolida la tradición oral judía. También se le conoce como uno de los principales Tanaim o sabios del Taná que engloba desde el año 0 al 200 d.C., momento en el que surge también el Cristianismo y en el que se produce la batalla teológica de la que estamos hablando. En el caso particular de este rabino su acierto consistió en establecer un método de estudio de la Torá en el que se daba valor a cada letra, cada palabra y cada símbolo de los que aparecían en el texto bíblico. De ahí que algunos le consideren el padre de la Cábala o mística judía. En cualquier caso, su acierto radicó en que mediante su método las leyes trasmitidas por tradición supo adecuarlas a las tradiciones de su tiempo, provocando, incluso, que sus discípulos lo aplicaran a los Midrashim, o lo que es lo mismo, los comentarios que posteriormente se continuaron escribiendo para enriquecer los comentarios de la Ley oral. En consecuencia, un giro más de lo que veníamos diciendo que se había convertido en un modo de atraer a los suyos hacia el contenido teológico judío, así como a aquellos indecisos que habiéndolo conocido previamente habían optado por dejarse llevar por las nuevas corrientes cristológica de los seguidores de Jesús de Nazaret.





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