Gauguin; el salvaje.
- Jesús Arcos

- 1 oct
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“Finalmente he cumplido con mi deber y si mi obra no pervive, al menos subsistirá la memoria de un artista que liberó a la pintura de las cadenas académicas y de las plumas simbolistas” (Paul Gauguin, 1901).

Hay hombres que nacen y hay hombres que brotan, y Gauguin, corresponde a esta última casta.
Hombre de negocios, viajero y experimentado del mundo, huidizo y meditabundo, pero amante de las curvas, de la belleza y de lo salvaje, destila de las estrellas la luz que ocultan, para hacerla vibrar en los pigmentos de su pintura. Post-impresionista venido a más, revelde, “perro-flauta” que hoy dirían..., Monsieur Paul Gauguin hizo brotar lo salvaje a través de sus arpilleras hasta los ojos del mundo cruel, que no supo apreciar al genio que ilustró las vanguardias del siglo XX.
Joven descubridor de allende los mares y grácil interprete de las virtudes del dinero, Gauguin saboreo las mieles del placer buscando apartar de sí la fiereza del artista que llevaba dentro; pero el destino le fue infiel, le jugó una mala pasada e hizo aflorar en él la bravura del genio. Una bravura que llegó a ponerlo en una situación difícil frente a su familia directa y política. Ahogado por las deudas se hundió en sus pinceles de viaje en viaje, lejos de quiénes más le querían arriesgándolo todo, hasta su propia vida. Música y aromas que raptaron su alma, su canon de lo correcto según las viejas europeas costumbres.
De oriente a occidente, de Martinica a Tahití, Gauguin salió tras la búsqueda de la felicidad, pero no cualquier felicidad, sino de la felicidad que brota de lo más humano, de lo más profundo, de lo más próximo a la naturaleza de su procedencia, es decir, de lo salvaje que habita las profundidades de todo ser. ¿Y qué es lo que podemos encontrar en tan profunda cavidad? La luz, sin duda.
Quizá por eso Gauguin se esforzó más, por encontrar en el plano del color y en la tenue forma de los perfiles, la magia del fascinador y del hechicero, en vez de enrolarse en las laboriosas tareas de la escuela oficial francesa o los géiser del impresionismo; es verdad que la lucha en ambas es relativa al tiempo y la pericia del genio, pero nada es comparable a la experiencia del hombre que frente a la diosa madre se enfrenta a sus propios demonios, y a los del mundo occidental. Pues ante la eclosión del exotismo del ecuador, siempre queda el recurso de la experiencia directa próxima al tremendismo de la literatura de Cela.
“Parau Api” ¿qué hay de nuevo en la soledad de la agradable e íntima compañía de la amiga? Pies cuasi deformados y marcados perfiles, rompeolas que se alejan por el lienzo frente al amarillo cadmio de la arpillera, y dos mujeres contemplando el derredor con si el tiempo no existiera.
Claro que, frente a las “idas y venidas” de Martinica, donde el vergel de la vida brotó por doquier en su alma como el ir y venir de las martiniqueñas.... He ahí que, afloró el árbol del mango cuán cristo de Tahití en el centro del lienzo, dividiendo el espacio entre el ensimismamiento de las hembras del primer plano y la laboriosa tarea de la vida del medio fondo, y entre ellas el tótem de los salvajes que rinden culto a lo más próximo: al agua, a la tierra, en síntesis, a la vida, porque estar vivo no es otra cosa que sentirse pleno.
De este modo no es extraño encontrar a un artista, un etnógrafo, un hechicero y un donjuán. Escuela de grandes como Wassily Kankinsky, Paul Klee, Ernst Ludwig Kirchner, y otros, su estela sirvió de ejemplo al modernismo, a las vanguardias, e incluso al fauvismo.
Si hubo en algún tiempo un descubridor, si hubo alguien que divisó tierra entre el oriente y el occidente del arte, ese..., amigos míos es: Monsieur Eugène Henri Paul Gauguin.





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