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Fundamentación religiosa del Antiguo Egipto: una síntesis

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 4 ago
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 11 ago

La religión egipcia no es exclusivita y admite un número ilimitado de dioses, lo que representa un reto para el pensamiento judeocristiano que se enfrenta a la idea de un dios revelado, encarnado en su hijo , y sin visos de un entendimiento natural para el común de los mortales más que el que transciende de los dogmas que emergen al pensamiento teológico a lo largo de los siglos y al través de los denominados Libros Sagrados. 


Los antiguos egipcios no pretendieron resolver vacíos existenciales; tampoco se plantearon diferencias de o entre términos como “politeísmo” y “monoteísmo”; el caso del faraón hereje no fue más que un hecho circunstancial que responde a intereses de otra naturaleza que nada o poco tienen que ver con el trasfondo de las creencias teológicas. Para los antiguos egipcios los poderes sobrenaturales tenían un carácter hierófano que explica la realidad inmediata. No existe una “razón obligada” para entender el sincretismo, la personificación o la generalidad; los fenómenos emergen de un epicentro creativo y subconsciente que es interpretado ampliamente de forma sígnica mediante la representación de “ideas”, que aparecen en forma antropomorfa o zoomórfica o mezcla de ambas. No existe un canon que defina las formas de los dioses cómo han de ser (Hornung, 1999). Estas formas tampoco experimentan una evolución lineal desde los orígenes de la civilización, es decir, no responden a unos parámetros fijos. 


Es bien sabido que desde las culturas de Nagada y Badari hasta las primeras dinastías del Reino Antiguo, la presencia zoomórfica estuvo presente, pero los diferentes ejemplos arqueológicos nos revelan un desarrollo del Arte en la representación de los dioses muy diferente; no responde a un patrón evolucionista como podría ser el caso de Grecia u otras partes del mundo.


Sin embargo, la historiografía egipcia ha permanecido durante mucho tiempo instalada en la definición del término neter que traducido del copto venía a significar dios. Hasta el año 1960 en el que S. Morenz publicó Aegptische Religion y el problema se trasladó a la definición apriorística del término deducida de las traducciones con un pensamiento etnocéntrico; para Morenz los dioses se imponen como necesidades surgidas de la experiencia, como expresión de fuerzas concebidas como motores de los fenómenos naturales (Puech, 2002: 119). 


Ahora bien, es natural que para que los dioses cobren un interés moral o intelectual requieran que el Arte se haga presente para revelar sus formas, y ahí es donde entra la creatividad del pensamiento de la civilización egipcia y la frustración de los primeros egiptólogos. El sol, el Nilo, el desierto y la inconmensurabilidad del cielo pudieron haber sido “misterios” referentes que dieran a luz a los panteones y los mitos, al encontrarse con el interrogante del pensamiento frente a lo desconocido.


Así las cosas, los dioses comenzaron a tomar forma y precisaron de un tratamiento que ligara a los hombres; las ceremonias, los rituales, etc., se convirtieron en el acervo necesario para trasladar el orden interior del ser humano hacia el mundo exterior. (Cassirer, 1993). 

Sin embargo, es difícil deducir cuál fue el principio en el que se gestaron estas formas de pensamiento antes de que apareciese la escritura en los valles del Nilo, y para después, ya era demasiado tarde porque habían cobrado el peso suficiente como para que no se pudieran distinguir unos límites en el tiempo. Aunque otra razón muy diferente fue el desarrollo y evolución del pensamiento teológico, pues como bien dice el profesor Silverman (1991), ni siquiera existen evidencias de que en el periodo predinástico existieran creencias en un más allá, lo que dificulta todavía más, si cabe, entender su evolución o desarrollo.


Por tanto, entre otros temas, el origen del zoomorfismo en el Antiguo Egipto no ha podido explicarse todavía a la espera de nuevas evidencias arqueológicas. No así su teología, su sofisticada forma de pensar en los “poderes” que rigen los destinos de los hombres, y que con tanto ahínco dejaron reflejado en textos, monumentos y templos. En la base de ellos parece hallarse la “periodización” y la “dualidad” como ideas raíz y motor que conforma el pensamiento teológico; al menos es lo que parece deducirse de las palabras del profesor Frankfort (1898) en las conclusiones al primer capítulo dedicado a los dioses egipcios. 



Así, por ejemplo, el cambio del aspecto del sol de la mañana, del mediodía y de la tarde pueden ser perfectamente “significados” en una o en varias divinidades como Ra-Atum-Képhri; sin embargo, el sol que viaja por la noche era significado por Osiris. Luego para concebir y significar en todo su desarrollo la “idea” del curso del sol, los egipcios no reparaban en crear una nueva figura de apariencia de momia criocéfala que conjugara una cabeza de carnero con una momia. Y es precisamente esta complejidad la que resulta tan difícil de explicar porque se corre el riesgo de errar en significados o ideas que nada tuvieron que ver con la realidad.


Por otro lado, este sincretismo no sólo se reduce a la esfera de la interpretación, sino que se extiende al comportamiento de las mismas divinidades. De ahí que, en los textos, estas divinidades expresen sentimientos y realicen actos, que, combinado con su multifacética apariencia, les convierte en seres tan peculiares, y tan difíciles de interpretar por los primeros estudiosos de la Egiptología. Lo cual denota que, para los antiguos egipcios los poderes naturales sufrían alteraciones, también naturales, muy próximas a los seres humanos, al propio tiempo que mixturaban sus forman en detrimento de unos fines; fines que la gran mayoría de las veces venían determinados por las ceremonias rituales. Digamos que estamos hablando de un pensamiento “simbólico y relacional” muy próximo al que hoy mantenemos cuando atendemos la infografía en la que se desenvuelve nuestra sociedad actual (salvando las distancias, por supuesto, pero muy similar a los emoticonos que utilizamos en el WhatsApp…). 


A ello hemos de sumar las “personificaciones de términos” que también adquieren formas antropomorfas para acompañar a las divinidades; este es el caso de Sia, la “comprensión” planificadora; Hu, la “palabra” creadora; Heka, la transmisión de la fuerza, la “magia” que hace surgir el mundo a partir de la palabra creadora (Hornung, 2016: 75). Incluso algunas de estas divinidades inferiores adquirieron un culto particular mientras que otras desaparecían, y volvían a aparecer otras nuevas con el paso de las dinastías. Todo ello prueba un pensamiento creativo en torno a la “explicación” de los fenómenos de la naturaleza o de los seres humanos que entrañan algún misterio que escapa al entendimiento pleno. De nada sirve que la egiptología los denomine como E. Otto  “dioses conceptuales” porque no responde más que a un intento de clasificación propio de nuestra era. Hay que trasladarse “cautelosamente” a los tiempos en los que se desarrolla la Historia para tratar de extraer las conclusiones más aproximadas de una investigación cualitativa.


Así las cosas, no debe interpretarse este pensamiento como un deseo primitivo de deificación de los elementos o los fenómenos atmosféricos per se, pues no se han encontrados divinizaciones del agua, el fuego o el viento en sí mismo, sino que lo que se ha encontrado forma parte de un pensamiento más complejo y profundo; y lo mismo sucede con los cuerpos celestes, pues no podemos hablar en ningún caso de cierto grado de animismo o algo similar. El pensamiento religioso egipcio es mucho más complicado y hondo…, y libre también…, en el que los dioses van más allá de una personificación o sincretización primitiva que recuerde a los fetiches o a los talismanes de otras culturas. 

Por consiguiente, de lo que precede se difiere la importancia que los antiguos egipcios concedieron al “nombre” como parte de la personalidad de los dioses. El simple hecho de poder ser “llamados” los dioses concedía un medio de acción sobre los poderes que representaban. Su invocación en forma de letanías a las que se sumaban títulos y funciones concedía a los sacerdotes, y en primer lugar al faraón, una fuerza de atracción que otorgaba una apariencia de existencia. De ahí que los animales raramente poseyeran un nombre, porque en el fondo lo que se pretendía es una diferencia de grado, pero no de esencia, en el que hombres y dioses compartían las mismas virtudes, pero no los mismos poderes. Los dioses se nombraban por múltiples nombres e incluso así, alguno de ellos permanecían ocultos para evitar profanar las profundidades de la divinidad, la fuente de su poder. Isis no pudo alcanzar nunca a saber el divino y profundo nombre de Ra porque de haberlo conseguido hubiera usurpado todos sus poderes en detrimento de su hijo Horus (Derchain, 1996:385). 


Otro de los elementos a tener en cuenta en torno a los dioses es que tienen un origen y un final dentro del tiempo, nacen o son creados, y…, aliados del tiempo, envejecen y mueren. Entre los ejemplos más notables se encuentra Osiris asesinado por su hermano; y el hijo póstumo de este nacido de Isis como Harpokrates y crecido con el nombre de Horus. Otras divinidades como Khonsu se presentan como adolescentes. Y podríamos seguir nombrando dioses y textos en los que aparecen sus formas para concluir que los hijos e hijas de los dioses, podrían no ser más que manifestaciones del ser de los mismos. Al no-ser quedaba relegada la existencia de los enemigos y lo desconocido, y todo aquello cuya confesión es negativa en el juicio de los muertos. 


En definitiva, se nos representa un curso de los acontecimientos que personifica a la existencia con todo lo que ella implica, una muerte, un renacimiento y un desarrollo. El ser depende de una regeneración constante y continua desde el no-ser, para la que no es necesaria una mística que libere a los egipcios de la realidad, es decir, no es necesaria una transcendencia de los hechos que los conduzca a una especie de fusión en el todo. 

Los dioses son únicos y sin par, no requieren de nada ni de nadie, son en sí mismos y para sí mismos en múltiples facetas en las que la dualidad juega un papel primordial . Y de ahí que no nos debe resultar extraño en las invocaciones encontrar frases hechas como “no hay nadie comparable a ti” o “no he igualado tu naturaleza a la de ningún dios”, porque todos ellos en su complejidad son…, es decir, existen, sin que para ello haya que encontrar una manera para demostrarlo (Hornung 2016: 172 ss.). 


Como bien dice Frankfort (1988) cuando nos enfrentamos al “politeísmo” no podemos perfilar una doctrina básica, ni tampoco pretender describir la variedad de formas en que halló su expresión. No obstante, sí podemos añadir que, al hacer un estudio pormenorizado de la religión egipcia, bien sea a través de su historiografía o de su arqueología, o simplemente siguiendo a los principales egiptólogos de los últimos tiempos, encontramos que existe un mínimo común denominador en la presente temática: el poder adscrito al sol, a la tierra, y a los animales. El desarrollo y complejidad de estas esferas inspira unas teogonías que hasta el día de hoy no pueden explicar con claridad la cosmología y cosmogonía egipcias, como así reconoce el profesor Lesko (1991). Razón que todavía nos hace abundar en lo sofisticado del pensamiento egipcio en esta materia e inspira voluntad para seguir trabajando en la misma.


Para concluir citaré una frase del profesor Hornung que ha servido como hilo conductor del presente trabajo: “La religión egipcia vive del hecho de que los dioses existen y esta seguridad penetra todos los ámbitos de la vida egipcia”. (Hornung, 2016:231).

Efectivamente, la rotundidad de la cursiva es suficiente para entender de facto la aportación de este insigne profesor a la Egiptología, es decir, la aprehensión cualitativa de los hechos históricos que acontecieron en los valles del Nilo hasta la llegada de los Ptolomeos. No se puede acudir con el apriorismo de la Historia de las Religiones a una tierra para la que todo tiene una razón de ser y de no-ser, divina.


Referencias bibliográficas

ASSMAN, J. (2010). Egipto a la luz de una teoría pluralista de la cultura. Madrid: Akal

BYRON S., BAINES J., SILVERMAN, D.P. (1991). Religion in Ancient Egypt. Gods, myths, and personal practice. Cornell University Press

CASSIRER, E. (1993) Antropología filosófica. México: Fondo de Cultura Económica

CERVELLÓ, J. (1996). Egipto y África. Origen de la civilización y la monarquía faraónicas en su contexto africano. Sabadell-Barcelona: Editorial Ausa

ELIADE M. (1999). Mito y realidad. Madrid: Kairos

FRANKFORT, H. (1981). Reyes y dioses. Madrid: Alianza Universidad

HORNUNG, E. (2016). El Uno y los Múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad. Valladolid: Trotta

PUECH, H-C. (2002). Las Religiones Antiguas. Vol. I. Argentina: Siglo XXI

 
 
 

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