El nacimiento del judaísmo, el exilio babilónico y el Templo de Jerusalén en la época aqueménida
- Jesús Arcos

- 10 ago
- 18 Min. de lectura
Actualizado: 13 sept
Introducción
Tras la caída del rey Josías en Megiddo a manos del faraón Nekao, Joacaz se autoproclamó rey de Judá, pero fue apresado y enviado a Egipto como reo y tributo por rebelión. Los egipcios pusieron en su lugar a un títere, Joakim (608-598 a.C.), haciéndole pagar u tributo de 100 talentos de plata y 1 de oro. Pero Nabucodonosor viendo la amenaza que representaba Nekao, y su interés geopolítico por dominar la zona se hizo presente en Karkemish (605 a.C.) con un gran ejército, provocando una severa derrota al contingente egipcio, quien se replegó por la Via Maris, de nuevo, a sus territorios al sur del Creciente Fértil. (González, 2011: 188).
El imperio babilónico con esta batalla se convirtió en dueño y señor de los territorios sirio-palestinos, poniendo bajo su palio y vasallaje a los pueblos asentados en esta zona del Creciente Fértil. Sin embargo, el trato dado a estos pueblos sometidos provocó algunas revueltas en toda la zona.
La ciudad de Ashkelon, de ánimo levantisco, así como otros pequeños pueblos tribales de menor importancia fueron sometidos y atropellados por el nuevo señor. No por menos, la ciudad de Jerusalén comenzó a pensarse de qué lado conceder su vasallaje a la luz de los acontecimientos, es decir, del lado egipcio como había venido siendo intermitentemente, o del lado babilónico (González, 1990).
Así las cosas, Judá quedó dividida políticamente. De un lado estaban los que apostaban por la alianza con las potencias del Norte, como el profeta Jeremías, y otros como el propio rey de Judá, Joakim, que prefería mantenerse del lado de los del Sur, pues no por menos les debía su puesto. También, porque Egipto se encontraba territorialmente más cerca que Babilonia, y en caso de necesitar de sus armas llegarían más prestos que los de Nabucodonosor.
Este último se ocupó de pacificar sus nuevos territorios. Se enfrentó a los árabes en el 599 a.C. que ya venían presionando las fronteras de Judá, tal como se puede apreciar en un óstracon hallado en la frontera militar de Arad. (Aharoni, 1996: 1-7)1.
Habiéndose decantado Joakim por los del Nilo puso en peligro su propio trono frente a los del Norte, pues Nabucodonosor no dudó ni un segundo en ocupar la ciudad de Judá, y sin destruirla, sí pasaron a cuchillo al rey poniendo en su lugar a Sedecías (597-586 a.C.) como vicario. En el interregno, Joaquín, hijo de Joakim, tomó el trono de su padre ante su caída, pero acabó preso de las fuerzas del babilonio dejando su espacio a su tío, pues Sedecías era hermano de Joakim, y al igual que este un día fuera títere de Egipto, ahora, Sedecías, lo fue de Babilonia (Jr. 34).
En previsión de futuro, el jefe de las tropas babilónicas deportó al interior de las murallas de su reino a todo aquél que pudiera representar un peligro para su Imperio; así fueron exiliados a Babilonia unas 10.000 almas, entre las que se encontraban los herreros, los familiares de la corona, los principales militares, y todo aquél que pudiera representar una amenaza para el Imperio. Consigo también se llevaron las riquezas de la ciudad, dejando prácticamente esquilmada la célebre capital de David.
No obstante, con ello no cesó el apoyo a Egipto esperando que algún día les liberara de la presión babilónica (Jr. 34:7), en el que las últimas ciudades en caer fueron Azecah y Lakhish. El profeta Jeremías da testimonio del intento judío por mantener sus posiciones obligando a los de Babilonia a prepararse para un eventual ataque, tal como da testimonio en su capítulo 37. Las excavaciones realizadas entre el 69 y el 83 del siglo pasado por N. Avigad (González Echegaray, 2005)2 demuestran estos hechos. Lo que nos lleva a pensar que los de Judá, muy a pesar de la presión babilónica no dieron fácilmente su brazo a torcer, es más, aun con la deportación fueron muchas las almas que se aferraron a la colina de Sion para mantener la hegemonía del territorio.
La suerte de Sedecías acabaría sin ver la luz del sol, al arrancarle los ojos los militares babilonios en el 587 a.C. cuando entraron por última vez en Jerusalén (Jr. 39:3). Jerusalén quedó todavía más en ruinas. Los restos del fuego encontrados en las excavaciones arqueológicas dan testimonio de ello; incluso hasta las columnas del Templo fueron saqueadas. En consecuencia, el territorio quedó completamente desolado, igualmente en Lakhish, en la que se han encontrado restos de la destrucción que propinaron los babilónicos, correspondientes al final del estrato II. Lo mismo sucede en Arad con el nivel VI, y hasta en la fortaleza de Kadesh Barnea en el estrato más reciente, donde un pavoroso incendio puso fin a la ocupación judaíta del fuerte restaurado por Josías. (González, 2011: 191).
El cautiverio como impulsor del nacimiento de la fenomenología religiosa hebrea
Si los judaítas llegaron a Babilonia en dos tandas, una en tiempos de Joaquim y otra en tiempos de Sedecías, ¿qué imagen pudieron recibir de la que se decía la capital de la depravación? Sin duda, no sería muy buena. Allí se había construido la Torre del Orgullo humano en la que su Dios confundió las lenguas… Luego, lo que se escribiese acerca de ella no podía ser nada bueno, sobre todo si lo escrito procedía de los sectores más conservadores de la tradición.
No obstante, las fuentes revelan un comportamiento diferente al que a primera vista nos pueda parecer. En 2R 25:27-30 se dice que Joaquín fue tratado mejor que al resto de los reyes; fuentes bíblicas que han sido contrastadas con fuentes babilónicas que hablan del barrio de Tel-Abib, entre Babilonia y Nippur, como el principal emplazamiento de los deportados de Israel, y no habla precisamente mal del nivel de vida de estos. Si bien es cierto que el salmo 137 relata unos hechos bien diferentes a estas fuentes… Sin embargo, todo parece apuntar a la luz de los estudios más recientes que fue este el momento en el que la identidad judía se fraguó como fenómeno religioso. (Wagner, 1999: 274).
Ante la supresión sufrida como “pueblo” que poseía cierta identidad política basada en sus creencias desde de la creación del Primer Templo hasta la caída de este, posiblemente, fuera esta la primera vez que se puso en peligro su forma de vida de manera tan rotunda desde los tiempos de Ezequías, al punto de correr el riesgo de desaparecer.
La aculturación de los hebreos en las tierras de Nabucodonosor fue extraordinariamente criticada por el profeta Ezequiel, el mismo que habló de la futura reconstrucción del Templo como remedio para su pueblo; además, este también fue el tiempo del profeta Jeremías que tan obstinadamente criticó a su rey Joaquín, y al que se atribuye la creación de los libros de I y II de Reyes, y el libro de las Lamentaciones, tan determinante para crear una conciencia de culto basada en un relato histórico.
En consecuencia, un periodo prolijo para la estructuración de los principales cimientos de una tradición cultica, que trascendía las formas políticas del poder hasta el momento conocidas, para convertirse en el molde de una nueva estructura de poder social basada en la religión, como instrumento para la creación de un nuevo Estado que no necesariamente tendría que tener unas fronteras, como tampoco requería de un gobernador, pues su Dios, más allá de todo entendimiento humano servía de líder, modelo, juez y consejero (Wright, 2013).
Caída de Babilonia y reconstrucción del Segundo Templo
A la muerte de Nabucodonosor (562 a.C.) se producen las naturales luchas por el poder en el que su hijo Awel-Marduk (561-560 a.C.) ocupa el trono, pero es incapaz de controlar la situación y es suplantado por su cuñado Nergal-shar-usur, general del ejército, a quien en poco tiempo sucede su propio hijo, el niño Labashi-Marduk, que en breve será asesinado.
Así las cosas, es preciso buscar un hombre preparado que pueda salvar el imperio. En la corte se llega a dar con un príncipe de origen arameo, Nabunaid (556-539 a.C.), a quien su terquedad, le llevará a enfrentarse con los sacerdotes de Marduk, a oponerse a las clases dominantes de su pueblo, y a encararse a las tropas del aqueménida, Ciro el Grande, arruinando de este modo los planes de futuro perseguidos por los altos funcionarios babilónicos. (Wagner, 1999: 275).
En efecto, no tardaría mucho el Deuteroisaías (Is. 40:55) en anunciar la caída de Babilonia en manos de Ciro. Ahora bien, lo hará convirtiendo al aqueménida en el brazo ejecutor del dios de los hebreos. Y de este modo, por primera vez en la historiografía religiosa del Creciente Fértil, un dios penetrará en la historia para implementar un orden configurando una identidad étnica.
Como ya dijimos anteriormente, de la mano de los escribas hebreos este dios se insinúa venido desde lo sobrenatural con la potencia de los primeros Padres de la tradición hebrea, de la que tan sólo se tenían noticias (o quizá alguna fuente escrita), de forma desordenada, o al menos, no estructurada canónicamente. En cualquier caso, sus palabras tuvieron muy buena acogida entre los territorios babilónicos en los que se había confinado a los expatriados descendientes del reino de David.
En efecto, los seguidores de este Profeta alcanzaron a comprender a su favor el profundo significado de la reforma que Nabunaid (que por consejo de su madre), estaba a punto de realizar en su reino en favor del dios Sin, señor de la ciudad de Ur, divinidad masculina de carácter lunar, que era venerada en otras ciudades como la de Haran en el valle de Balih. (Montero, 2012: 69 y ss.).
En consecuencia, estas pretensiones conllevaron a un descontento y enemistad de buena parte de la población babilónica con su nuevo rey, que seguramente no pasó desapercibida para los escribas hebreos, y en la que sin duda vieron culminados sus días, para que sus proclamas alcanzaran sus objetivos políticos, es decir, la recreación de un Estado teocrático basado en sus tradiciones cultuales, que finalmente derivarían en la construcción del Segundo Templo gracias al beneplácito de la política aqueménida.
Por tanto, es normal que la caída de Babilonia fuera recibida con entusiasmo por los hebreos, más si cabe, si fue seguida de la política de conquista llevaba a cabo por Ciro, es decir, el apoyo económico y social al mantenimiento de las tradiciones cultuales con el fin de que la conquista se convirtiera en un hecho político de aceptación, y no fuera interpretada como una acción de sometimiento tal como lo describe el profesor Noth (1966).
Otro de los aciertos de la política de Ciro el Grande fue el respeto a la lengua (Noth, 1966: 278), al punto de que las inscripciones aqueménidas figurasen hasta en tres idiomas, donde el arameo parece ser que fue la lengua vehicular tanto en Siria-Palestina como en Egipto, debido a la facilidad con la que podían ser interpretados sus caracteres.
En cambio, esta política tuvo también sus tensiones. Cuando el sucesor de Ciro, su hijo Cambises, llegó a Egipto, lo hizo de manera bastante cruel, pasando a cuchillo a todo aquél que se interponía en su camino, sin embargo, con respecto a los hebreos3 siguió el mismo ejemplo que su padre. Con el tiempo, la misma forma de hacer se aplicó a los egipcios, pues es famoso el caso de la inscripción de la estatua de Udjahorresnet4, en la que además de darnos un perfil bastante amable del vasallaje aplicado, es muy prolija en información sobre los métodos llevados a cabo para ejercer la política de aceptación religiosa, poniendo incluso de manifiesto el interés que finalmente los conquistadores mostraron por los misterios de Sais5, ocupándose del culto de la diosa Neith en esta ciudad.
Pero abundando en lo que nos ocupa en el presente trabajo, volveremos al libro de Esdras, para desarrollar algunos apuntes de interés respecto al énfasis mostrado por el sucesor de Cambises, Darío el Grande, en la conclusión de las obras del Segundo Templo de Jerusalén.
Sin duda este, al igual que otros Templos, fue un enclave fundamental en la Antigüedad, pero lo que no estamos en condiciones de decir es, si realmente lo fue tanto… No cabe duda de que, a tenor de lo expuesto en el Libro de Esdras, en su capítulo 5, el escriba hace hincapié en el favor que recibieron del dios de los hebreos como promotor necesario para la reconstrucción. Sin embargo, estos primeros intentos no estuvieron sobrados de opositores (a la luz de las mismas fuentes). Pues fueron las recién inauguradas satrapías las que vieron en estos hechos cierto peligro de futuras revueltas, aunque en este caso se aluda en concreto a las obras llevadas a cabo por Nehemías en las murallas de la ciudad, que a la propia reconstrucción del Templo.
Así las cosas, las fuentes de Nehemías entran a jugar un papel fundamental para entender el proceso de transformación sociopolítica de la que nos ocupamos, en la que un pueblo deviene a convertirse en “pueblo elegido de dios” a tenor de su retórica. Pues si atendemos los textos del Deuteroisaías y lo expuesto en Esdras y Nehemías, todo parece indicar que tras el pensamiento de estos autores se desliza una intencionalidad, voluntaria o involuntaria, para crear una identidad nacional que, al amparo de un nuevo Templo, reagrupase de nuevo a la nación de naciones que otrora fue Jerusalén.
Para el Deuteroisaías, Ciro fue el instrumento de Dios por el que se levantaría el Templo; Nehemías, serviría al propósito de la administración y el alzamiento de las murallas de la ciudad que protegería al Templo; y, por último, Esdras, se convertiría en el compilador de la Ley que daría el cuerpo ético y jurídico a dicho propósito.
En consecuencia, los de Judea adquirieron el valor que estaban esperando de sus profetas para crear una identidad afín a sus costumbres, de modo que ninguna otra extradición pudiera ponerla en peligro.
A la sombra de su conquistador y de su novedosa forma de hacer política, las tribus hebreas vieron colmados sus deseos largamente perseguidos, es decir, la recuperación de su identidad geopolítica en la zona. No obstante, los papiros de Elefantina demuestran que dicha identidad todavía no se nutría de un corpus religioso pretéritamente establecido, pues en los mismos se alude a la petición de consejo a los escribas de Jerusalén de cómo llevar a cabo la festividad de Pésaj.
Las comunidades de Samaria y Jerusalén tampoco responden de modo que nos haga sospechar que dicho código existiera (Wright, 2013). Luego lo más concluyente es que hasta el momento dichas comunidades actuaran guiadas por una tradición oral que muy posiblemente pudo haberse gestado, en parte, durante el cautiverio. De ahí las coincidencias que vienen a aparecer en ciertos libros del Tanaj con algunos capítulos de la mitología mesopotámica como el Enuma Elish, como ejemplo.
Este fenómeno enlaza con la tesis del profesor Wright6 cuando alega que, fue precisamente la segunda vez que Nehemías se ocupó del gobierno de la ciudad de Jerusalén, cuando aparece en escena el profeta Esdras, habiendo sido nombrado “sacerdote y escriba del Dios de los cielos” por el rey aqueménida, para llevar a cabo su tarea, es decir, la de recopilar los textos transcendentes de la tradición hebrea con los que configurar un culto que adquiriría forma de Ley para su pueblo. Ahora bien, lo que no se esperaba de esta tarea es que, tras lo conseguido por Nehemías, o sea, el orden administrativo de una ciudad, Esdras fuera capaz de componer un relato histórico y soteriológico de un pueblo disperso y sin raíces claras, con respecto al legendario origen de Jacob.
Este también fue el tiempo en el que aparecieron libros como el de Qohelét (Eclesiastés) que, atribuyendo la autoría a Salomón, diferentes autores parecen coincidir en que fue un libro postexílico que se nutrió de una base original, a la que se fueron añadiéndose diferentes partes para darle coherencia doctrinal. (Podechard, 1912)7.
Pero, retrotrayéndonos a la reconstrucción del Templo, y para tratar el tema de forma más pormenorizada, debemos que atender que las fuentes bíblicas también hacen hincapié en cierta desgana para llevar a cabo la obra. A diferencia del entusiasmo mostrado por los textos de Nehemías y Esdras, el profeta Hageo no parece apuntar en la misma dirección (Hag. 1:1-11).
Jerusalén estaba en ruinas y no poseía más que un puñado de casas ocupadas por grupos de pastores que a pesar de recibir a los repatriados de Babilonia, no sintieron las mismas fuerzas que estos para devolver el esplendor de otro tiempo a la ciudad. En palabras del profesor Noth: “La deplorable lentitud con que al principio progresaron los trabajos prueba de lo poco atractivo de la situación, a pesar del decreto de Ciro”. (Noth, 1966: 282).
Cabe preguntarse, entonces, a qué se debe tal lasitud en la reconstrucción del Templo, y, por tanto, en el interés de una parte por la creación de dicha identidad nacional… “No ha venido aún el tiempo de reedificar la casa de Yahweh”. (Hag. 1: 2).
Hecho que, por otro lado, nos recuerda hoy en día (salvando las distancias) a los actos de algunas sectas judías ultraortodoxas que no aceptan la creación del actual Estado de Israel, oponiéndose al mismo a favor de las autoridades palestinas8.
Pero volviendo al caso que nos ocupa tras el inciso, parece ser que, a la desgana de algunos sectores hebreos de aquella época, habría que sumarle una extraordinaria sequía que malogró las cosechas, dando lugar a que la población se ocupara más de sus quehaceres personales que de los proyectos nacionales (Hag. 1: 10 y ss.). Por otro lado, Cambises murió y se desató una importante revuelta por diferentes territorios que hasta la llegada de Darío no se vieron sofocados (hacia finales del 521 a.C.).
Estos fueron los tiempos en los que Zorobabel se perfila como legítimo heredero al trono de Jerusalén. Nieto de Joaquim, corría por sus venas la estirpe davídica. Además, de forma más o menos clara, los profetas Hageo y Zacarías se habían referido a él como futuro rey de Israel.
Por otro lado, contaba con la aprobación del sátrapa de Samaria, pues al fin y al cabo trabajaba como funcionario de la corte aqueménida bajo sus órdenes como gobernador de Jerusalén. Hageo, incluso, apunta hacia él como el posible elegido de Yahweh para guiar los destinos de su pueblo y establecer el reino de Dios en la tierra. (Hag. 2: 20-23).
Sin embargo, tales impulsos no nos han dejado evidencias de que hubiera emergido el Mesías esperado, sino que las fuentes bíblicas y arqueológicas silencian el periodo. Tan sólo sabemos que el 3 del mes de Adar, en el sexto año del reinado de Darío (primavera del 515 a.C.) Jerusalén contempló de nuevo la apertura de las puertas de su Templo por segunda vez en la Historia. De nuevo las tradiciones de Salomón pudieron ser restauradas, aunque sin el Arca de la Alianza, y por supuesto, otros muchos enseres perdidos; y lo más importante, entre las muchas cosas que se echarían en falta se encontraba la monarquía como modelo de independencia política.
Así las cosas, el Segundo Templo de Jerusalén no fue más que un santuario entre los muchos del imperio aqueménida, pero con una particularidad para la Historia Bíblica: el nacimiento de la clase sacerdotal como élite de gobierno.
En adelante la ciudad de Jerusalén, y, por ende, los territorios de Judá no volverían a ver un rey, o, mejor dicho, una monarquía que de forma independiente gobernase sobre un reino, más al contrario serían los sacerdotes ocuparían dicha titulatura.
En estos momentos, las comunidades humanas desperdigadas por el amplio Imperio aqueménida que se sintieron afines a los propósitos jerosolomitanos, que no pudieron justificar su pertenencia a ninguna tribu israelita, y deseando unirse al proyecto de nación, adoptaron el nuevo culto incluso desde la diáspora para sentirse unidos, es decir, pertenecientes a “algo” que iba más allá de la pleitesía a tal o cual gobernador, poniéndose a las órdenes de la nueva Ley que custodiaban los sacerdotes de Jerusalén; en consecuencia y enlazando con lo decíamos más arriba, fue precisamente en este momento cuando pudo haber surgido por primera vez la identidad judía como pueblo elegido y destinado a ser ejemplo de las naciones. Anteriormente la “ley deuteronómica” tan sólo había servido como unidad de culto, y es precisamente en este momento, y con la intervención de Esdras, cuando el concepto de nación emergería por primera vez como un concepto nuevo.
Por consiguiente, volviendo a lo que decíamos más arriba en torno a Nehemías, y al texto del profesor Noth (1966: 290-291), fue en la segunda intervención de Nehemías sobre Jerusalén (cuyos motivos son muy oscuros en las fuentes: Neh. 3:1; 13:23; 13:31), cuando la figura de Esdras aparece con toda su fuerza como compilador de las tradiciones que darían lugar a lo que hoy conocemos como corpus literario judío.
Esdras era un sacerdote escriba (Esd. 7:12) procedente de la provincia de Babilonia (Esd. 4:16), muy posiblemente descendiente de una familia sadoquita exiliada de Jerusalén, y, por tanto, conocedor de los deseos de aquellos que permanecieron en el exilio; lo que significa que también era portador de sus miedos a la aculturación.
Según la teoría del profesor Noth es muy posible que la segunda llegada de Nehemías a Jerusalén tuviera que ver con lo que ya apuntábamos, es decir, la presentación de Esdras como compilador de un texto que sirviese a propios y a extraños para introducir un código de comportamiento que pacificara la zona. Teoría esta que estaría de acuerdo con la del profesor Wright. Y a juzgar por las fuentes muy posiblemente estos hechos tuvieron lugar en los últimos años de Artajerjes.
Esdras recibió el título de “escriba versado en la Ley de Moisés, dada por Yahweh, Dios de Israel” (Esd. 7:6; 7:11) según el cronista. Sin embargo, a tenor de lo estudiado hasta el momento poco tuvo que ver con la realidad, sino más bien con la adaptación del texto. Pues el título de escriba según parece era bastante más común de lo que nos podríamos pensar, y como funcionario a tal efecto a cargo del rey aqueménida, H. H. Schaeder (1930) prefiere traducirlo como “comisionario del Estado para la Ley del Dios del cielo”.
Ahora bien, si las instrucciones recibidas consistían en poner en marcha una determinada ley, la realidad es que se extralimitó, consiguiendo que incluso aquellos que no pertenecían necesariamente a su estirpe se unieran al cumplimiento de esta creando cierta estructura política, pues abarcaba incluso a las formas de vida y comportamiento.
Esto conllevó el nombramiento de jueces que dieran cumplimiento a dicha Ley. De este modo, la obligatoriedad del cumplimiento se convirtió en la dirección del camino que acabaría por reconciliar a dicha comunidad y a sus adheridos en un pueblo unido bajo un mismo ideal político-social-religioso (Noth, 1966: 300).
Por consiguiente, Esdras, en el 430 a.C. aproximadamente, se hizo presente en Jerusalén junto con algunos deportados para acabar con las malas prácticas que habían surgido en el Templo, y Nehemías, lo acompañó para dar cumplimiento a estos propósitos. Habiéndolo conseguido, y bajo los auspicios de Artajerjes II, la zona logró pacificarse y dejar de ser un peligro, pues no debemos de olvidar que los territorios de Judá sirvieron de paso para los egipcios que se dirigían hacia el Norte.
Sin embargo, la arqueología nos revela que la cerámica utilizada entonces es de claro influjo griego, cuando no realmente fabricada en talleres egeos (González, 2011: 211), luego todo parece indicar que lo conseguido por los de Jerusalén en este tiempo provocó un importante auge, que sin duda pondría en alerta a los pueblos vecinos de Ammón e Idumea. La nueva identidad política conseguida se había expandido por las ciudades de Media y Persia, por Asia Menor (Sardes) y especialmente por Egipto, donde en la isla Elefantina, en Asuán, tenían una importante colonia militar bajo la supremacía persa que rendía culto a Yaho, Dios del Cielo.
Evidencias, todas ellas, que sitúan al periodo y los actores intervinientes en objeto de estudio que requiere una mayor profundización a la luz de las nuevas fuentes arqueológicas.
Conclusiones
Todo parece indicar que la llegada del Imperio Persa supuso para los territorios conquistados un cambio de paradigma que revolucionó la Historia en general.
En lo particular, y en el caso del que nos ocupamos, representó, la recreación de un canon que bajo el palio del Segundo Templo de Jerusalén y su nueva dinastía, es decir, la de los Sacerdotes, sirvió de germen para un nuevo movimiento político y social.
Este nuevo movimiento expulsó del centro ideológico a la figura rectora del rey, del héroe, y del dignatario supremo, para colocar en su lugar a un concepto trascendente que está por encima de toda representación política convencional.
Por otro lado, cabe destacar que, si se realizara un estudio minucioso del presente trabajo enfocándonos en los orígenes literarios de este nuevo movimiento y su intencionalidad política, descubriríamos que partió en el antiguo reino de Israel y que finalmente se desarrolló en Judá, provocando el exilio babilónico la compilación y arreglo de dichas fuentes literarias con un fin político, es decir, el del reagrupamiento de una cultura que daría a luz una a nueva forma de gobierno bajo el concepto de nación espiritual o elegida de Dios.
Y a este propósito se llegó gracias al tipo de política que los persas aqueménidas llevaron a cabo sobre los territorios conquistados.
Luego, parafraseando a Bulwer-Lytton podríamos decir que “La pluma es más poderosa que la espada”.
________________________________________________________________________
Notas:
1 Aharoni, Y. "Hebrew Ostraca from Tel Arad." Israel Exploration Journal 16, no. 1 (1966): 1-7. http://www.jstor.org/stable/27925035.
2 González, J. (2005) Pisando tus umbrales, Jerusalén: Historia antigua de la ciudad. Madrid: Verbo Divino .
3 Entre los papiros de Elefantina se encontró un documento acerca de la reglamentación de la Fiesta de Pascua de los hebreos que realizó Darío II en el 419 a.C. Pap. Cowley, n.º 21; cf. AOT2, pág. 453; TGI, pág. 73; ANET, pág. 491; DOTT, págs. 258-260; trad. esp. en SAO, pág. 329.
4 Oficial egipcio que vivió entre el final de la XXVI dinastía y el principio de la XXVII, conocido por los esfuerzos que hizo en promocionar entre los egipcios el nuevo poder aqueménida y la aceptación del mismo durante la XXVII dinastía.
5 Texto biográfico de Udjahorresnet inscrito en la estatua Cat. 22690, Museo Greogirano Egizio, Roma.
6 El Dr. Jacob L. Wright, profesor asociado de Hebreo Bíblico en la Universidad de Emory, esgrime en el curso The Bible’s Prehistory, Purpose, and Political Future que, Jerusalén se unió a una larga lista de ciudades conquistadas por Babilonia como Ur y Nínive. Sin embargo, con la caída del imperio babilónico, un pequeño grupo de personas se repusieron a la vergüenza de la caída para construir lo que acabaría por convertirse en su razón de estado y supervivencia de futuro, es decir, una identidad política que superviviría en el tiempo: el judaísmo. El curso ilustra de forma prolija y minuciosa como los autores bíblicos respondieron a la derrota con la fuerza suficiente como para crear dicha identidad política. El objetivo de estos autores fue el de crear una nación, y buscaron alcanzar este objetivo a través de un texto compartido que incluye historias, canciones, conocimientos y leyes que unifican a un pueblo en base a una identidad que, según ellos fue determinada por su propio dios. Este corpus de escritos fue sin duda uno de los mayores logros de la civilización del Próximo Oriente, pues prescindiendo de héroes, templos y reyes, unificó las voluntades de muchos con un propósito común que ha devenido a través de los tiempos y de los imperios hasta conformar gran parte de nuestra cultura actual. Este cometido consiguió dar a luz una máxima: un pueblo es más grande que el estado que lo gobierna, pudiendo dicha comunidad sobrevivir al cualquier tipo de colapso siempre que sus miembros se sepan unidades de un cuerpo mucho mayor que es guiado y deseado por un poder supremo o divino.
7 Podechard, Emmanuel (1912) L'Ecclésiaste. Paris: J. Gabalda.
8 El grupo de ultraortodoxos judíos residentes en Israel denominado Neturei Karta (guardianes de la ciudad) no reconocen el actual estado de Israel porque entienden que para cumplir la palabra de su dios se ha de esperar al mesías que de lugar a la creación del Estado y el levantamiento del Tercer Templo. Sus actuaciones los llevan a ponerse del lado de las autoridades Palestinas con las que mantienen incluso apoyos en el Knéset (parlamento israelí).
Bibliografía
Ben-Tor A. (2004) La Arqueología del Antiguo Israel. Madrid: Ediciones Cristiandad
García, M. (2009) El gran rey de Persia. Formas de representación de la alteridad persa en el imaginario griego. Barcelona: Universitat de Barcelona
González, J. (1990) La Biblia en su entorno. Madrid: Verbo Divino
González, J. (2005) Pisando tus umbrales, Jerusalén: Historia antigua de la ciudad. Madrid: Verbo Divino
González, J. (2011) El Creciente Fértil y la Biblia. Madrid: Verbo Divino
Montero, J. L. (2012) Breve historia de Babilonia. Madrid: Ediciones Nowtilus
Noth, M. (1966) Historia de Israel. Barcelona: Ediciones Garriga
Podechard, Emmanuel (1912) L'Ecclésiaste. Paris: J. Gabalda.
Sacchi, P. (2004) Historia del Judaísmo en la época del Segundo Templo. Madrid: Trotta
Wagner, C. (1999) Historia del Cercano Oriente. Salamanca: Ediciones Universidad Salamanca
Wright, J. (2013) David, King of Israel, and Caleb in Biblical Memory. Cambridge: University Press





Comentarios