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Las guerras nunca empiezan donde creemos

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 18 ago
  • 4 min de lectura

Nada sucede en la Historia porque sí. Todo tiene una razón de ser.
Nada sucede en la Historia porque sí. Todo tiene una razón de ser.

Europa vuelve a mirar los mapas con inquietud. Ucrania, Gaza, Líbano, Irán, el estrecho de Ormuz. Lugares distintos, pueblos distintos y conflictos aparentemente distintos.


Pero quizá estamos mirando demasiado el lugar donde caen las bombas y demasiado poco la historia que cada actor cuenta para explicar por qué deben caer allí.


Porque antes de una guerra suele haber un relato.


Rusia constituye un buen ejemplo. Vladímir Putin ha defendido durante años que rusos y ucranianos forman históricamente un mismo pueblo y ha recurrido para ello, entre otras cosas, al antiguo Rus de Kiev.


El problema no está en recordar el Rus. Existió entre los siglos IX y XIII y forma parte de la herencia histórica de varios pueblos eslavos orientales. El problema aparece cuando una realidad medieval se convierte en escritura de propiedad sobre el presente.


En el siglo X no existían Rusia y Ucrania como Estados nacionales modernos. Apropiarse exclusivamente de aquel pasado significa proyectar nuestras fronteras actuales sobre personas que jamás las conocieron. Precisamente por eso su legado se ha convertido en terreno de disputa entre las narrativas nacionales rusa y ucraniana.


Y aquí aparece una primera regla para entender una guerra:

que un argumento sea histórico no significa que la Historia le dé la razón.


Irán: cuando detrás de la religión aparece la geopolítica

Con Irán ocurre algo parecido.

A veces explicamos la República Islámica diciendo simplemente que en 1979 los iraníes derrocaron al sha y “volvieron” al islam.


Es demasiado sencillo.


Irán llevaba siglos siendo una sociedad mayoritariamente musulmana y el chiismo formaba parte central de su identidad política desde mucho antes. Lo revolucionario de 1979 fue otra cosa: tras la caída de la monarquía, el ayatolá Jomeini consiguió transformar una revolución en un nuevo sistema político en el que la legitimidad última del poder descansaba sobre la autoridad religiosa, la denominada velayat-e faqih, la tutela del jurista islámico.


Desde entonces, religión y geopolítica han caminado juntas.


Irán ha construido durante décadas una red de aliados y organizaciones armadas en Líbano, Irak, Yemen y Palestina que Occidente suele agrupar bajo la expresión “eje de la resistencia”. Hezbollah, los hutíes, diversas milicias iraquíes y, de manera más autónoma y siendo además suní, Hamas han mantenido diferentes grados de relación con Teherán.


¿Quiere Irán simplemente “dominar Oriente Próximo”?


La respuesta interesante es más compleja.


Quiere asegurar la supervivencia de su régimen, alejar las amenazas de sus fronteras, reducir la presencia estadounidense, contener a Israel y disponer de suficiente influencia regional para que ninguna gran decisión sobre Oriente Próximo pueda tomarse ignorándolo. Es poder, pero también seguridad; ideología, pero también estrategia.


¿Y por qué Estados Unidos está siempre junto a Israel?

También aquí conviene desconfiar de las explicaciones únicas.


Estados Unidos reconoció al nuevo Estado de Israel inmediatamente después de su proclamación en 1948. Pero la estrecha alianza estratégica que hoy conocemos se desarrolló progresivamente, especialmente durante la Guerra Fría, cuando Washington empezó a considerar a Israel un activo importante dentro del equilibrio de poder de Oriente Próximo.


Después llegaron décadas de cooperación militar, inteligencia, tecnología, intereses estratégicos compartidos, apoyo político interno estadounidense y una percepción común de amenazas regionales. Estados Unidos ha proporcionado desde 1948 más de 130.000 millones (Congressional Research Service) de dólares en asistencia bilateral a Israel.


Por eso Washington y Teherán no están discutiendo solamente sobre Irán.


Discuten también sobre quién determina el equilibrio de poder de Oriente Próximo.

Y en agosto de 2026 esa disputa ha alcanzado incluso el estrecho de Ormuz, mientras las negociaciones entre ambos permanecen bloqueadas y Washington con la tensión puesta en el estrecho de Ormuz.


Ya hemos visto algo parecido

No exactamente igual. La Historia nunca se repite con tanta comodidad.


Pero sí reconoce patrones.


En la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) parecía que católicos y protestantes combatían por religión. Hasta que la católica Francia terminó interviniendo contra los católicos Habsburgo y apoyando a potencias protestantes.


¿Por qué?


Porque en determinado momento el interés por impedir la hegemonía de los Habsburgo pesó más que la solidaridad religiosa.


La religión seguía siendo real. Pero ya no explicaba por sí sola la guerra.


Algo similar enseña la Guerra de Crimea (1853-1856). Rusia se presentó como protectora de los cristianos ortodoxos dentro del Imperio otomano. Francia defendía derechos católicos en los Santos Lugares. Gran Bretaña temía el crecimiento del poder ruso. Los otomanos intentaban preservar su imperio.


Se hablaba de religión.


Se combatía por equilibrio de poder, influencia, territorios y control estratégico.


Cambian los uniformes. Cambian las fronteras. Cambian las palabras.


El mecanismo resulta inquietantemente reconocible.


Para entender una guerra hay que hacer cinco preguntas

Por eso cuando aparece un conflicto intento no empezar preguntándome quién tiene razón.

Primero pregunto:


¿Cuál es el contexto?

¿Quiénes son los actores?

¿Qué relato utiliza cada uno?

¿Qué intereses están en juego?

¿Qué memoria del pasado están movilizando?


Contexto. Actores. Relatos. Intereses. Memoria.

CARIM (aquí te dejo el vínculo para que lo pruebes).


No sirve para decirnos automáticamente quién es bueno y quién es malo. Sirve para algo más difícil: impedir que aceptemos como explicación lo primero que alguien quiere que creamos.


Porque Rusia puede hablar del Rus de Kiev.

Irán puede hablar de resistencia.

Israel puede hablar de seguridad.

Hamas puede hablar de liberación.

Estados Unidos puede hablar de estabilidad regional.


  • Todos esos relatos contienen elementos que deben estudiarse.

  • Pero ninguno, por sí solo, explica el conflicto.

  • Hay que añadir los actores, los intereses, el poder y la memoria.

  • Quizá ahí reside una de las grandes utilidades de conocer Historia.


No en saber de antemano lo que va a ocurrir, sino en reconocer qué preguntas debemos hacer antes de creer que hemos entendido lo que está ocurriendo.

Eso es precisamente lo que trabajamos en Cómo entender el presente: poder, memoria, conflicto.


Porque la Historia no proporciona respuestas automáticas.


Proporciona algo bastante más valioso: criterio.

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