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El cubismo de Juan Gris

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 10 ago
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 11 ago

Cuando me enfrento al cubismo siento algo especial en mi interior que me hace sentir diferente. Quizá porque me obliga a entenderlo, o no..., quizá porque se deja entrevelar en mi cerebro de una forma espacial, como un sentimiento tetradimensional que me embarga desde lo más profundo a lo menos racional. 


Escenas como las de Juan Gris, tímidas, insólitas, recogidas, pero sobre todo muy suyas, muy del camarote de su habitación parisina dejándose seducir por los sentidos de aquél que busca lo esencial del vanguardismo del 12. 


Colores, formas, escenarios que transcurren solapados al espacio carcajeándose de la perspectiva. Fondos que se olvidan seducidos por la curva que a todos los sentidos llega.

¿Dónde quedaron las máscaras africanas de Picasso? ¿Adónde debemos depositar nuestra mirada? ¿Al color? ¿A la forma? ¿Al tema? ¡Qué más da...! Lo importante es sentir los bajorrelieves del color que se solapa, de las formas que se entremezclan, de las cosas que se deslizan para ser otras o ellas mismas.


El cubismo fue considerado la primera vanguardia, aquella que rompió con lo renacentista, vigente en el siglo XX: la perspectiva. Suave brisa para los ojos, para los sentidos acomodados a la realidad de un mundo interpretado. Todas las partes, todos los ángulos de una cosa aparecen de improvisto ante los ojos del espectador... ¿Dónde ha quedado la realidad? ¿Quizá en el cerebro? ¿Qué remota actualidad nos retrotrae a los orígenes indígenas de nuestra percepción? Dejarse abandonar por la ruda mirada primitiva de quién no ve más allá, permite omitir todo un elenco de matices innecesarios para apreciar la belleza.


Juan Gris o María Blanchard son luceros en la noche picassiana que relumbraron en el vacío de una España pueblerina con ánimos de superación y en manos de un dictador. Sin embargo, el cubismo nació en la “otra España” aquella que allende las montañas al norte de nuestra ubicación, se abría paso entre el mundo como capital del arte.


Juan Gris, José Victoriano González Pérez, se alzó frente al destino y alcanzó las pléyades del arte de la mano de Picasso, Cézanne y Braque, para despegar rumbo a la nebulosa del cangrejo ávido de forma y colorido. La guitarra sobre la silla, el torero, el violín y el vaso, las tres cartas... ¡cuántos deseos por cumplir! ¡cuántas madrugadas en vela pensando en su España natal, en su Madrid! Pero los tiempos eran convulsos, las gentes despreocupadas, el mundo estaba en guerra, y Gris se alzaba entre tinieblas muy próximo a los Pirineos. Sin embargo, en su deseo de encontrar el orden, el concierto, la maravilla sensorial, aprendió a discernir entre lo vago y lo profundo, lo innecesario y lo vital, hasta convertir la vida en una mixtura de realidades formales, que alejaron al viejo fantasma de la realidad convencional.

Muchas fueron las geografías de la realidad que se convirtieron en experiencia. Diálogos entre la psique y la racionalidad que naufragaron en la forma. La estructura ganó puerto entre el formalismo y la algarabía racional. En un mundo que amanecía a la producción en cadena de Ford, cuando todos se ocultaron bajo las enaguas de la mentira, Juan Gris supo alzar su pincel por encima de todos los convencionalismos, y demostrar que la vida es simple, es sincera, es cuatridimensional y absoluta, al menos para la razón..., pero también, es curva.


Dejemos pues su memoria, en tan sólo unas pocas decenas de años, que siga iluminando movimientos como los de Huidobro. Que siga inspirando las intuiciones de los escultores de la pintura. Que siga sobrevolando los horizontes de las cotizaciones de las salas de subastas, pues su genio está más allá de toda comparación, de toda realidad, de todo sueño: es forma, pero vista en sus seis dimensiones.


Publicado 16th December 2012 por Jesús Arcos García

 
 
 

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