William Blake: enciclopedia de la verdad
- Jesús Arcos

- 25 ago
- 5 Min. de lectura

Cuando me propuse escribir sobre William Blake, no sabía muy bien por dónde empezar. Es un hombre tan conflictivo para el arte de su tiempo, tan aferrado al clasicismo, que más que oponerse a él, ejerció una resistencia casi obsesiva.
Nacido en 1757, contemporáneo de Piranesi, y formado en las técnicas del grabado en pleno auge del neoclasicismo, su empeño por sostener lo que consideraba justo lo llevó a vivir casi en la clandestinidad frente a sus colegas londinenses.
Poeta, pintor, grabador... William Blake ha sido definido por los académicos como un autor multidisciplinar. Discípulo de James Basire —el mismo maestro de Piranesi—, Blake estiró su estilo hasta la extenuación, lo que, entre otras razones, lo condujo a morir en la más absoluta pobreza. Aun así, conoció otras técnicas en los tiempos de la Ilustración, gracias a la Royal Academy, donde ya soplaban los vientos del postclasicismo, contrarios a sus convicciones más profundas.
Conviene recordar que Blake fue un hombre profundamente atormentado por sus visiones. Hijo de padres religiosos, sectarios para su época —diría yo—, valoraban aspectos del cristianismo que más tarde defendería Lutero y ciertos movimientos subversivos dentro de la Iglesia, como los gnósticos. Tengamos en cuenta que estas corrientes estuvieron activas hasta el siglo XII, con vestigios en la Francia cátara oriental, hasta que fueron exterminadas por los príncipes de la Iglesia de Roma. Solo en el siglo XX, tras los descubrimientos de Nag Hammadi, se pudo comprender la profundidad de lo que estos hombres defendieron pacíficamente durante siglos.
Pero lo verdaderamente importante es la obra de William Blake y su vertiente visionaria. Totalmente enfrentado al Neoclasicismo —por lo que tenía de alienante para el pueblo—, Blake decidió transmitir con sus pinceles un sentimiento más profundo. Inspirado en Miguel Ángel y Rafael, sus obras destilan un dramatismo moralizante en el que creía con fervor. Sus pinceladas son claras, aunque algo impresionistas para su época. Las temáticas, sin embargo, son delirantes, propias de un alma inquieta, visionaria, adelantada a su tiempo frente al despotismo ilustrado que se extendía por Europa.
Obras como El Anciano de los Días, Nabucodonosor, Elohim creando a Adán, entre otras, emergen de la profundidad de sus conocimientos religiosos heredados. Y no sin razón: hoy los estudiosos han confirmado la teología que subyace tras los velos de estas creencias.
Su pintura es fresca, llena de colorido y sentimiento, con pinceladas bien definidas y colores extraordinariamente pensados para iluminar los escenarios de la mística. Obras como Oberon, Titania and Puck with Fairies Dancing (1786), The Marriage of Heaven and Hell (1790–1793), Glad Day or The Dance of Albion (1794), denotan un conocimiento perfecto de la anatomía humana y espiritual, una maestría en lo onírico, una pincelada sugerente de quien desea transmitir un misterio, un arrebato arrobador. Una de sus obras más conocidas, The Ancient of Days (1794), ha sido expuesta hasta la saciedad en las sociedades francmasónicas inglesas, donde aún hoy conserva su prestigio filosófico.
Para Blake, sus creencias teológicas eran la base de su inspiración. No comulga con la doctrina de la Iglesia Romana. Para él, el dios de los cristianos era una herencia hebrea aún por analizar. Consideraba que Elohim no era más que un demiurgo que somete a las almas a la densidad de la materia, despojándolas de todo atributo divino. Según Blake y el gnosticismo, las almas, al encarnar, olvidan su naturaleza primigenia, aquella que compartieron con su Hacedor. Lo que resta es pecado y perdición. Están sometidas al deseo y a la dictadura de la “naturaleza”. Las almas, espirituales, sin deseo ni pecado, se ven arrojadas al infierno de la perdurabilidad: la necesidad de habitar cuerpos que animen la materia y la sirvan de motor y avance. Olvidan la eternidad para entregarse a la mortalidad del mundo, obligándose incluso a pecar para mantenerse vivas y crear una progenie que perpetúe su memoria.
Quizá por eso vemos enroscada la serpiente entre las piernas de Adán cuando es creado. Quizá por eso los colores en esas escenas están apagados, llenos de oscuridad, de negrura. A diferencia de El Ángel de la Revelación (1803), repleto de luz por todas partes. Obsérvese cómo Blake relaciona el conocimiento con la luz y con el estudio. Para él, como para tantos otros, el conocimiento es un ejercicio personal que, inspirado por un maestro, atrae la luz hacia el intelecto, hasta el punto de abandonar la palabra para no manchar las supremas verdades que de él se desprenden. Jacob’s Ladder (1799–1806) es un ejemplo claro.
Urizen y las hijas de Albión
El libro de Urizen y Las hijas de Albión fueron de las pocas láminas que le dieron de comer al conjugarlas con su poesía. Al mismo tiempo, le sirvieron de vehículo para transmitir sus ideas. Urizen es el enemigo número uno de Blake: el dios creador del mundo, el dios del razonamiento abstracto, de la ciencia, de la balanza y el compás, de las prohibiciones morales y religiosas. Urizen representa la moral represiva, la que dictamina lo que los demás deben creer y aceptar como verdad.
Por eso es tan difícil entender académicamente a Blake. La palabra “Urizen”, pronunciada en inglés, se asemeja a “your reason” —tu razón—, una crítica clara a la Ilustración y al neoclasicismo que inundaba las recién estrenadas academias europeas. La razón, encumbrada por encima de la intuición mística, representa para Blake poco menos que un sacrilegio contra la humanidad y el pensamiento libre.
No por casualidad, en los tiempos de Blake se gestaban las revoluciones del mundo. Quizá por eso he comenzado este texto con cautela. Por un lado, Blake se opone al evolucionismo del pensamiento y reclama el clasicismo de los antiguos. Por otro, se enfrenta a los convencionalismos de una Iglesia corrupta, tanto teológica como políticamente. Y al mismo tiempo, con su rebeldía, anuncia el futuro del mundo apostando por el individualismo y la cultura.
En síntesis, nos encontramos con un hombre cuyas visiones le alertan de que el ser humano, por sí mismo, goza de una dignidad que no necesita ni política, ni religión, ni ciencia para existir libremente. Blake defiende el derecho divino del ser humano a existir —y a dejar de existir— por imperativo categórico, sin que nada ni nadie le imponga pauta alguna.
Evidentemente, en un espacio como este me resulta imposible abordar las profundidades de este hombre. Pero invito a su investigación, particular y profunda. Cada una de las gemas que se hallan en su vida merece ser estudiada por separado y con atención, porque todas juntas resplandecen en el intelecto humano de tal manera que parecen abrir los siete mil cerrojos del conocimiento.
Me permitiría decir que, como artista, William Blake es un caleidoscopio del conocimiento absoluto. Seguirlo y estudiarlo en profundidad provoca un despertar mayor que toda escuela. Defensor de los derechos de la mujer, de la conciencia teológica, del clasicismo metafórico; antimonárquico, anticientífico dogmático, contrario a todo lo que restrinja el pensamiento humano en su búsqueda de libertad y sosiego espiritual.
Una página para la historia personal de todo aquel que no desea someterse al sistema, y por el contrario quiere descubrirse a sí mismo: William Blake, enciclopedia de la verdad.





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