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El poder de la palabra escrita. La escritura como instrumento teúrgico.

  • Foto del escritor: Jesús Arcos
    Jesús Arcos
  • 13 ago
  • 10 Min. de lectura

Estudiando los trabajos de los profesores Oppenheim, Garbini y Moreno hemos logrado entender un factor de la escritura que quizás no se haya valorado lo suficiente, es decir, el valor que esta tiene como instrumento teúrgico en la Antigüedad y que incluso sigue perdurando hoy en día, salvando las diferencias y la distancia.


En efecto, cuando el profesor Moreno (2004) dice, refiriéndose a Egipto, que la escritura en el Imperio Antiguo era un asunto de Estado, no sólo hemos de enfocar nuestra lupa sobre el “conocimiento” de la misma o el desarrollo posterior que tuvo durante el Imperio Medio o Nuevo, sino que debemos enfocarnos en la transcendencia que tuvo como instrumento de poder al condensar en signos el pensamiento simbólico y relacional de los sacerdotes. Esto es, si bien es cierto que la comunicación no requería más que de la tradición cultural del boca a oído para aprender a comunicarse, los asuntos de Estado, que no dejaban de ser los religiosos, en gran medida requerían de un medio que materializara los pensamientos para ser enviados como mensaje a los dioses; en este sentido la palabra escrita se convertiría en el recipiente de tales pensamientos. El misterio y la realidad, lo oculto y lo manifiesto conformaban un todo entre el dios y el faraón, y por tanto, entre el poder y la fuerza, la realeza y la divinidad. De ahí que la figura del escriba cobrara tanta importancia.


Este ejemplo lo encontramos también en Mesopotamia cuando los monarcas hacían redactar sobre objetos la dedicación que sus reyes hacían a sus divinidades, incluso en ocasiones haciéndolas grabar sobre piedras que después acababan en los cimientos de las estructuras o entre los pasillos más oscuros, como misivas confidentes a aquellos sobre los que proyectaban los poderes recibidos, o sea, sus dioses.


Así las cosas, no estamos hablando de inscripciones grabadas para ser contempladas por el gran público porque entre otros motivos este no sabía leer, sino que estaban orientadas a la comunicación con el empíreo mediante un instrumento litúrgico: la palabra escrita (Oppenheim, 2003).


Luego, cuando encontramos en las estructuras y objetos mesopotámicos, sobre todo a partir de Sargón I, el uso de la escritura epigráfica, todo parece indicar que su funcionalidad se acercaba más a pretender ser un medio conjurador de las potencias divinas, en tanto que su estilo y estructura es fácilmente reconocible con respecto a las meramente administrativas. Por tal motivo encontramos en la titulatura de dichos textos una estructura que denota un alto interés de loa por el monarca, que además se remonta a época sumeria, y que mas allá de la intencionalidad política que pretendía legitimar dinásticamente al rey, parece orientarse hacia una narrativa que justifica y legaliza el trono del nuevo gobierno, en tanto que viene designado desde lo alto, esto es, desde el panteón de las divinidades.


En este fragmento del poema de “Ninurta Valiente” se puede ver una titulatura que identifica a la divinidad con el “jefe del estado” otorgándole una fuerza divina que le reconoce como brazo del cielo y le empodera frente a sus enemigos como mesías de su pueblo. Además se le otorgan unas virtudes que le convierten en algo más que un soberano, al que se loa y se enaltece en razón de su capacidad vigorosa que no puede venir de otro lado que no sea del mundo de los dioses. Exaltaciones, todas ellas, que proclaman al rey con una fuerza sobrenatural sobre el nombre de una divinidad que después se tornaría en tradición hasta el punto de impulsar la copia entre los escribas, sin más ánimo que el de preservar dicha teúrgia, y del que tomaron buena nota los semitas que después se harían con el poder a partir de Sargón I.   

                                                                                                                                                  

¡Rey! ¡luz resplandeciente y soberana!¡Ninurta! ¡el primero! ¡Dotado de una energía sin igual! ¡Tú que, solo, saqueas la Montaña!¡Oh Cataclismo! ¡”pitón” tenazque te arrojas contra la comarca rebelde!¡Campeón siempre dispuesto a pelear con vigor!¡Señor del brazo poderosoAdecuado para blandir el Arma FatalQue siega como espigas las cabezas de los rebeldes!¡Oh Ninurta! ¡oh rey! ¡hijo que con tu prestancia.


Encantas a tu padre!¡Campeón que envuelves la Montaña como el viento del Sur![1]


Sin embargo, aunque todo parezca indicar que los semitas que se hicieron con el trono sumerio mantuvieran su lengua y sus tradiciones, y por tanto, la cultura, demuestran una especial predilección por un modo de conjura que enriquece con la nobleza las nuevas dinastías.


Así las cosas, el fenómeno singular nos inclina a pensar que lo “extraordinario por sobrenatural” representaba un factor principal para el gobierno y la política. En este sentido, y por la necesidad, no es de extrañar que se mantuviera el ejemplo entre los pueblos inclusive bien avanzado el Imperio asirio hasta llegar a los pequeños reinos de Israel y de Judá. Pues todo parece indicar a la luz de las investigaciones de los profesores Briend, Lebrun y Puech que la estructura gramatical de los fundamentos del judaísmo emergente en el reino de Judá sobre los siglos VII y VI a.C. están extraordinariamente “contaminados” de los tratados y juramentos que el Imperio neoasírio redactaba para que les dieran cumplimiento sus vasallos (Briend et. 1994).


“Amarás a Asurbanipal, el gran príncipe heredero, hijo de Asaradón, rey de Asiria, como a ti mismo. […] No prestarás juramento solamente con tus labios sino que lo prestarás con todo tu corazón; lo enseñarás a tus hijos que nazcan después de este tratado; no fingirás una enfermedad incurable, sino que participarás en este tratado de Asaradón, rey de Asiria, a propósito de Asurbanipal, el gran príncipe heredero. En el futuro y para siempre Asur será tu dios y Asurbanipal, el gran príncipe heredero, será tu señor. Que tus hijos y nietos le teman”.[2]

“Amarás a Adonai tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma con toda tu fuerza. Y estas palabras que Yo te ordeno hoy estarán sobre tu corazón. Las enseñarás a fondo a tus hijos, y hablarás de ellas al estar sentado en tu casa y al andar por el camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás como señal sobre tu mano y serán por recordatorio entre tus ojos. Las escribirás sobre las jambas de tu casa y en tus portones.”[3]


Así las cosas, la aparición de la escritura en la Antigüedad resultó ser un contenedor del fuero de lo divino que conformó una estructura de pensamiento que afectaba culturalmente a las clases sociales. De ahí la necesidad de un cuerpo sacerdotal que administrara tales “poderes” con una estructura bien determinada.


En el caso particular del reino de Judá a la luz de los trabajos del profesor Römer (2014) dio lugar a lo que se conoce como “Tradición Deuteronomista”, es decir, la aparición de unos textos que se entiende que orientaron en tiempos del rey Ezequías al pequeño reino de Judá en una dirección política que acabaría convirtiéndose en la matriz del judaísmo actual. Si bien es cierto que para que se llegará a conformar como estructura teológica previamente pasó por diferentes facetas, de las que no nos ocuparemos en este momento por extenderse demasiado y alejarse del objeto de este trabajo, pero que sin embargo pueden seguirse sus pistas entre los profesores Römer, Filkenstein, Briend, Lebrun y Puech.[4]


Por tanto, cuando el profesor Garbini (2002) critica las diferentes escuelas bíblicas aparecidas desde el siglo XIX hasta incluso principios del XX, no le sobra razón, sino que efectivamente detecta un interés intelectual en la materia que lejos de llevarse por las pruebas arqueológicas, que ni tan siquiera demanda, aprueba insistentemente los hechos como ciertos a tenor de las denominadas “Sagradas Escrituras”. Sin duda, una forma muy tardía de respeto por la teúrgia de unos documentos que eran tomados por “Palabra de Dios”.


En efecto, desde la más remota antigüedad el ser humano ha tendido a dar por ciertas algunas aseveraciones que con la emergencia de la Historia como ciencia han ido cayendo en desuso. Primar la verdad basada en hechos históricos no exentos de idealismo porque pertenecían a la esfera religiosa, han estado presentes en nuestra cultura occidental hasta bien entrado el siglo XIX, incluso principios del XX. Solamente ahora que la Arqueología Bíblica, por ejemplo, ha ocupado un lugar de prestigio en el que es capaz de separar el trigo de la paja, comparando los textos con los hallazgos arqueológicos y determinando lo que hay de cierto en la “historia escrita”, no se ha podido determinar fehacientemente la Historia de la Teología por el interés teúrgico que tales textos despertaban. Lo que no es óbice para darse cuenta de que la palabra escrita fue tomada como cierta por el simple hecho de haber adquirido carácter de sagrada a lo largo de los tiempos. Motivo por el que historiadores como Noth y otros tantos son tan duramente criticados en los últimos tiempos.

Así las cosas, en nuestra humilde opinión todo texto relacionado con lo divino cobró a lo largo de la historia un carácter principal donde sus múltiples elementos han servido a la política, y en ella a la moral de la sociedad… Y no solo sino hasta bien entrada a Ilustración tales textos no dejaron de ser la piedra cúbica sobre la que giró la ética de todos los tiempos.


Si como bien decíamos tal carácter teúrgico de la palabra escrita tuvo un principio este ha de buscarse en las culturas primitivas en las que se modeló el pensamiento a rebufo de las creencias, al punto incluso de conformarse en modelos litúrgicos que organizaron la sociedad. Sin duda la abstracción del universo en símbolos tuvo mucho que ver con la palabra escrita, y en ella el contenido capaz de conjurar sus fuerzas en beneficio humano. Y para ello hacemos nuestras las palabras de Tilley (1999, 338): “Les pessimistes contestent la légitimité même de l’entreprise. Pourtant, ‘l’étude de la culture matérielle est une distraction sans valeur si l’étude des choses est en ellemême son seul et unique objet’”.


En efecto, la Arqueología está para comprender y explicar los fenómenos de la Historia y hacer más aprehensible el pensamiento humano a lo largo de los siglos. En este contexto, cabe destacar la tendencia humana a lo largo de la Historia para impregnar el día a día con recursos mágicos de clara tendencia teúrgica en la que la palabra escrita, primero, y después, pronunciada litúrgicamente, cobró un valor especial.


Porque teúrgia, del griego θεουργία consiste en la invocación de poderes celestiales o divinos para convocar “los poderes idealizados” por los seres humanos con el fin de procurar el beneplácito de los dioses en las estructuras políticas de gobierno que incluso llegaron a convertirse en “estructura nacional”; este fue el caso del reino de Judá, que tras saberse asediado por pueblos superiores, se vio en la obligación de extrapolar la figura del rey o del héroe en un dios ajeno a su esfera humana en la comunidad, pero al que se le rindió culto y tribuno, de modo que todo aquél que se sintiera cerca o en la esfera de este pensamiento, ya no necesitaba un gobierno físico y territorial, sino el de seguir los parámetros que de forma escrita se les habían transmitido. Esta es la razón por la que después de la invasión de Tito, cuando el judaísmo se encontraba “casi” conformado (pues todavía necesitaron algunos siglos más), la Torá acabó por convertirse en su razón de ser, es decir, en su territorio y su identidad.


Así las cosas, la palabra escrita pudo haber comenzado como una especie de sortilegio en el que la divinidad quedaba unida a los pensamientos, y con el tiempo evolucionó hasta el punto de convertirse en “libro” al que rendir culto por ser considerado “Palabra de Dios”.

 

Bibliografía:

Bottéro J. & Noah Kramer. 2004. Cuando los dioses hacían de hombres. Madrid: Akal

Briend, J. Lebrun, R. Puech, E. 1994. Tratados y juramentos en el Antiguo Oriente Próximo. Estella: Verbo Divino.

Garbini, G. 2002. Historia e ideología en el Israel Antiguo.17-59 y 211-21. Barcelona: Bellaterra.

Moreno J. C. 2004 Egipto en el Imperio Antiguo. 215-236. Barcelona: Bellaterra.

Oppenheim, A. L. 2003. La Antigua Mesopotamia. Retrato de una civilización extinguida.147-169, 171-219, 221-272,273-310.  Madrid: Gredos.

Römer, T. 2014. La llamada Historia Deuteronomista. Bogotá: San Pablo

Tilley, C. 1999. Metaphor and Material Culture. London: Routledge.

 

 

Notas:

[1] Fragmento del poema “Ninurta el Valiente”, texto que pertenece a la época neoasíria y que fue traducido al acadio y publicado en 1875 por T. G. Pinches (The Cuneiform Inscripcions of Western Asia). Sin embargo, en Bottéro (2004) Cuando los dioses hacían de hombres. Madrid: Akal, reproduce la traducción completa valiéndose de otras fuentes de las que aquí sólo hemos utilizado la principal para nuestros propósitos, que no son otros que los de demostrar el interés de algunas culturas por la “loa” en detrimento de la justificación de un gobierno y su política. En síntesis, un medio de hacer política en relación con la divinidad en tanto que justifica su autoridad y sus pretensiones.

[2] Esta es parte del Tratado de Asaradón con unos príncipes vasallos pertenecientes al año 672 a.C. que se encontró en unas tablillas a cuatro columnas en las excavaciones del Templo de Nabú en Nimrud (antigua Kalah). El conjunto de los manuscritos se halla en el Irak Museum de Bagdad. (Briend et. 1994, 62).

[3] Este es un fragmento de la oración que todo judío ha de realizar al menos dos veces al día y que figura en el libro de oraciones que todo judío ha de atender diariamente, en el que se toman diferentes versículos del Deuteronomio, y que en su conjunto configura su profesión de Fe. Al mismo tiempo se ha convertido en la oración monoteísta por antonomasia. 

[4] Existe una línea de estudio volcada en profundidad sobre la Arqueología Bíblica que compara los textos de la Torá con los descubrimientos arqueológicos y pretenden extraer la Historia camuflada bajo el polvo de los siglos. Esta materia y objeto de estudio compara los textos bíblicos del Tanaj con los descubrimientos arqueológicos de la tierra de Israel, tratando de dilucidar entre lo real y lo intencionado, es decir, entre la realidad histórica y la idealizada por los escribas hebreos. En este intento se han llegado a descubrir interesante hallazgos. Por tanto, por “Tradición Deuteronomista” se conoce al estudio de los libros de la biblia judía que recogen el Deuteronomio, Josué, Samuel I y II, y Reyes I y II. Estos textos se piensan que fueron escritos entre el siglo VII y VI a.C., como una especie de recopilación de textos apócrifos que conformaron el hilo narrativo de lo que posteriormente en tiempos de Nehemías y Esdras acabaría convirtiéndose en la Torá, es decir, el pilar fundamental de la religión judía que acabaría de conformarse en el formato que hoy conocemos sobre el siglo III y IV d.C., después de la época masorética y misnáica que diera nacimiento al Talmud de Babilonia.

 
 
 

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