Escribir queer
- Jesús Arcos

- 10 ago
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 ago
Escribir… escribir es semejante a vestir los silencios del alma, a reconstruir desde las profundidades de uno mismo lo que somos. Escribir ayuda a materializar los pensamientos y a compartirlos silenciosamente con nuestros semejantes. Escribir desenvuelve los sentidos más íntimos por el deseo de compartir. No importa el género o la trama. Importa el brotar de las ideas desde las profundidades de lo desconocido hacia el pensamiento de los humanos.
De ahí que el escribir no sea un acto reflejo, sino una pulsión que escapa de los constructos culturales para manifestarse libremente. Podemos escribir todos, qué duda cabe, pero no todos escriben pudiendo. Podemos escribir la lista de la compra, los correos electrónicos del trabajo, cualquier cosa que se nos ocurra… pero, ¿en realidad es escribir? A lo que nosotros llamamos escribir reside en el arte de la expresión verbal que transciende la comunicación para aliarse con el otro en su mismidad: comulgar con el otro, con el lector.
Lector y escritor son dos lados de una misma moneda. Un conjunto inacabado de realidades emergentes a la luz de los silencios interiores que producen ambas actividades. Un sueño eterno de pensamientos vestidos de palabras y recibidos por el entendimiento que tan solo fracturan los límites de las lenguas. Un tiempo pretérito a Babel que hacía de las personas una amable convivencia.
De lo cual se desprende que me gusta escribir. Me gusta pasar buenos ratos conmigo mismo desprendiéndome de lo que me brota, y que, por supuesto que me gusta compartir con los demás, aunque tan solo sea un poquito. De ese modo me gusta nutrirme también de lo que escriben otros. Viajo con ellos a sus fantasías y me dejo llevar por sus locuras. Es hermoso encontrarnos en la dimensión de las palabras pensadas y enlazadas, como tejido compuesto por múltiples fibras de diferente procedencia.
De modo que como se puede apreciar, escribo porque lo necesito, porque me hace bien y creo que hace bien a otros. En ocasiones escribo artículos divulgativos y en otras, microrrelatos, pero desde hace algún tiempo lo que verdaderamente me preocupa es la ayuda a la reflexión. Hemos perdido el gusto por las cosas de a poco.
Actualmente todo va demasiado deprisa. Incluso las historias se cuentan con prisa en la trama o en los personajes. Importa impresionar al lector, captarlo en la primera página sin que apenas haya comenzado a leer el libro. No dejan respirar a sus lectores. Y lo entiendo. Los editores exigen ritmo, y está bien, siempre estuvo bien y así debe de ser, pero no atropello indiscriminado en los temas y en las tramas que provoquen desasosiego en los lectores… La lectura reflexiva que acompaña a la curiosidad del lector, que le crea expectativas y le permite participar de la trama suele desembocar en un relajado diván.
Llevo varios años escribiendo una biografía novelada en la que aprovecho los recuerdos para hilar historias. Historias en primera persona que se ponen frente al lector mediante la tercera y le invitan a reflexionar, a detenerse conmigo en los pensamientos, a saborear las mismas palabras como si fueran un menú de degustación. Ayudarles a que no pasen de capítulo si no han madurado el presente.
Puedo hacerlo, ya que no escribo para la industria, ni lo necesito. Solo lo hago para diluirme en el sentir de los demás, para comulgar con sus experiencias que también son las mías, para pasar un rato juntitos al calor de los apolíneos rayos de las musas. Porque me hace feliz y espero compartir dicha felicidad con los demás, si de algo sirve…
Por eso escribo, porque me hace sentir vivo, porque es lo que me diferencia, porque soy un “bicho raro” un queer que disfruta compartiéndose por dentro como por fuera. Porque crear relatos, inventar universos y personajes y compartirlos me parece un privilegio para el que he sido llamado, y, no quiero desaprovechar. Si algún día no pudiera dejar fluir este torrente creativo, implosionaría, no me encontraría en mí mismo, me diluiría como el polvo de estrellas.
Me gusta soñar, pero no como algo efímero sino como aquella sensación que tenemos cuando chupamos una pila con la punta de la lengua, y nos deja un cierto regusto metálico y un cosquilleo. Me gustan las historias que dejan huella, que te hacen pensar o cuando menos, reflexionar, cuando interrogan al lector como a tu mejor amigue. Como lo harías por ti misme.





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